Chanel

La Sala Berkephey abría sus puertas como cada sábado por la noche. Las luces rosadas y azules se fundían con la piel de todos y cada uno de los asistentes.

El llamativo color de los sofisticados cócteles que parecían sacados de una serie newyorkina no eran más que agua sucia en aquel ambiente de manos suaves pero altamente cualificadas.  Todo ello iba orquestado por unos ritmos de música  longue, donde el suelo mantenía el peso del status quo de numerosos altos cargos del poder empresarial; mujeres y hombres con una alta trayectoria en la lucha de poder.

El poder:  creado en un momento dado por el ser humano para luego volverse en contra para algunos, y a favor para otros. Una escalera invisible en el que tenías dos opciones: pasar por debajo o bailar con ella un chachachá. Subir, la opción aparentemente más simple, no estaba contemplado como un camino válido para poder ascender en la complicada red de entresijos que persona a persona reconfiguraba para ponérselo más difícil al siguiente de la interminable fila de trabajadores con un número tatuado en la nuca.

Plumas, terciopelo y marcas de alto standing peinaban el cargado aire, mientras las manecillas del reloj alzaban una carcajada ahogada sin emitir sonido alguno.

La Dama de Púrpura hizo su aparición dos horas tarde. Todos la esperaban, aunque como siempre, el protocolo exigía que los rostros y el tono de voz de las charlas expresasen lo contrario.

Numerosas miradas de reojo, gargantas secas, parpadeos rápidos. La Dama de Púrpura cogió un micrófono inhalámbrico y miró a todo el público. La música longue paró abruptamente.

-Tiene miedo.

La mujer miró satisfecha a todos los asistentes y dejó el micrófono lo más lejos posible de sus labios, desapareciendo entre las cortinas de una falsa pared.

Todos se miraron nerviosos. Un cosmopolitan cayó al suelo, por una incauta mano temblorosa.

Podía ser cualquiera. A cualquiera podía ir dirigido el rumor semanal, disfrutado por los clientes para crecerse aún más en sus agresivas vidas de puros habanos y perfumes patrocinados por un gran icono de la moda. La rata más deplorable de la sociedad. aquella que convive entre débiles y flojos; estaba presente en la sala.

Los asistentes se fueron marchando en silencio. Todos se sentían observados y el roce de un hombro con otro eran dos heridas abiertas al rojo vivo.  Todos tenían la certeza que en algún momento confiaron en la persona que no debían.

La Dama de Púrpura cerró con llave la vacía Sala Berkephey. Observó un aparato en una esquina del local: un aparente cajero automático con algunos botones y un medidor preciso. El éxito de esta semana había sido increíble. El resultado hacía su conversión en monedas y, en una apertura en la parte inferior (similar a una máquina tragaperras) escupió monedas, monedas y más monedas. Ya no había luces, no había humo, no había más presencia que el dorado, con su incesante tintineo, martilleando la madrugada.

La energía de la perturbación había sido total. Pero volverían la semana siguiente. Siempre lo hacían. No por diversión o hedonismo: una falta en su habitual asistencia implicaría delatarse de la forma más humillante imaginable.

Volverían con suficiencia en su porte y desdén en su caminar. Deseando que la Dama de Púrpura dejase atrás una ambigüedad que podría ser letal para ellos mismos. ¿O, tal vez, la ambigüedad es lo que más les mantenía a salvo?

Two Flappers

 

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