Para ti

¡Buenas! Veo que finalmente estás aquí. Pero puede que solo sea un momento.

Los dos estamos de acuerdo que si no consigo engancharte en unas pocas líneas, desaparecerás. Creo que no me conoces… pero tampoco es tu intención hacerlo. Y si lo fuera, si por algún casual quisieras saber algo más de mí… Solo te basarías en el contenido de estas palabras. La elección de la temática. La “calidad” del contenido.

Hubo un momento de mi vida que creí que las palabras lo eran todo. Y ahora me doy cuenta que esto es un mero teatro de marionetas.

¿Y si no fuese yo la que escribe, sino un temor, un miedo que hay detrás y que jamás podrás saborear? ¿Y si la persona que escribe estas líneas tiene ahora mismo un deseo febril por algo inimaginable y, sin embargo, lo esconde todo con estas preguntas que no tienen respuesta? No lo sabes. Y te confesaré algo: Al final de este texto, tampoco lo sabrás.

Entonces ¿Para qué leerlo? Te acabo de estallar la intriga con la confesión anterior. No estoy ganando tu corazón, por el momento. Escribir muchas veces es conquistar al lector. Es ponerse en la piel del otro, darle algo de miel y esconderle el resto, prometiendo el paraíso, que no siempre es alegre. Mirarle  sin tener ojos y decirle “Eres afortunado por estar aquí, conmigo”.

Te estoy perdiendo. Más vale que sea clara y no me ande con rodeos:  El verdadero protagonista eres tú.

Eres tú el que quiere verse reflejado en uno de los personajes, el que quiere excitarse con el atractivo de alguno, el que quiere recopilar algún dato curioso que no servirá para poco más que para decir “oh, qué curioso”. Quiero conectar contigo. Aunque varios lean esto, es absolutamente solo para ti. Pero tú tienes la genial ventaja de la pantalla. El observador de mirillas perfecto.

¿Quieres hacerme un favor? Apaga el ordenador. Sí, sí, así de simple. Vale, quieres ver antes un capítulo de tu serie favorita . Pues después de eso, venga. Pero deja de buscar un buen texto, la cosa no va de esto. Sí, te he hecho perder el tiempo. Pero no del todo.

Deja que sea yo la que te cuente una historia en persona. Deja que me equivoque una y mil veces. Deja que mi nerviosismo se haga presente. Deja que empiece a juguetear con la taza de café, dando a entender que no nací preparada. Y obtendrás con ello la historia más auténtica que jamás has escuchado. La que no se puede controlar. Una historia que va de ti. Que va de mí.  Va del deseo de que estés bien. Sí, aunque llegases a ser el hijo de puta más profesional de la historia, la cosa va de esto. Va de contar mentiras. Y que, detrás de todas ellas, puedas descubrir la verdad que asoma.


El destino de este escrito era el fondo de mi ordenador, hasta que un virus informático se lo zampase. Pero burlé una vez más al destino. Me encanta cuando un texto es rescatado, titulado y lanzado al vacío y ves que vuela. O cae con estilo. 

Durante mucho tiempo, defendí mi escritura por encima del cara a cara: lo veía más ordenado, más controlado, más seguro.

No obstante, hace unos meses, una persona me dijo “Prefiero hablar contigo que leer tus escritos, porque la parte que controlas no te dice quién eres, sino qué aprendiste a ocultar”. La incomodidad y el alivio consecuentes crearon lo que acabas de leer.

Con esto no menosprecio la escritura: Cada forma comunicativa nos dice algo. Al igual que está esa parte que jamás conseguiremos descifrar. Lo siento, fiel seguidor de la Wikipedia: no puedes saberlo todo.  ^^ 

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