Bombilla

lightLa casera me lo dijo bien clarito: Podía usar todas las habitaciones de la casa, exceptuando el trastero. Sabéis a lo que suena ¿verdad? Suena a la típica habitación maldita, con un secreto horrible; posiblemente lleno de cadáveres, como la leyenda de Barba Azul. Un sitio que convendría no pisar.

Sí, lo habéis adivinado: antes de finalizar el día ya estaba forzando la cerradura.

La decepción se hizo patente en mí. No había nada interesante. Pues vaya… Tener una casera psicópata hubiese sido un buen tema de conversación para animar la quedada con los colegas del sábado . Es increíble como una mujer es capaz de romper tus ilusiones antes de 24 horas; y encima, sin saberlo.

Me pareció que estudiar habitualmente en “la habitación prohibida” podía ser estimulante. Admito que una parte de mí tenía la esperanza de que pasase algo en esa habitación. O que un día me apoyaría en alguna baldosa y se abriría la pared. Y entonces vería en una habitación secreta ese montón de cadáveres que tanto anhelaba o varios kilos de cocaína, destapándose con ello una poderosa red de narcotráfico. O, por qué no, cadáveres espolvoreados con cocaína, como si fuesen pastelitos con azúcar glass.

Me di cuenta que también me gustaba esa habitación porque era la más impersonal. El resto de las habitaciones respiraban a abuelita, lleno de manteles de calado blanco y ¡Fotos de retrato de familia! Me extrañó que no se hubiese llevado el par de retratos del salón. Al menos no eran nada comprometidas, no como mi madre, que tenía una obsesión por mi culo desnudo de niño de año y medio.

La cosa es que una noche, mientras estudiaba en el trastero, noté que la luz de la lámpara no era tan potente como de costumbre. Miré la bombilla y efectivamente: Había adquirido un tenue color anaranjado, como una puesta de Sol de bolsillo, aunque mucho más cutre. Y había algo más. Una piedrita en su interior, del tamaño de un guisante, pero deforme. Me fijé un poco y mi respiración se cortó por un momento: Tenía forma de feto humano. Y yo, sin pruebas de ningún tipo determiné que era un feto humano. Y decidí no cambiar la bombilla y seguir encendiéndola. A ver qué pasaba. A lo mejor crecía y todo.

Este es el punto de la historia en el que todo el mundo me toma por chuflado y os dais la vuelta, dejándome con la palabra en la boca.

Pues debo decir que creció ¡Y vaya si creció! ¡Y se movía! A unas horas específicas, daba patadas al vidrio, igualito que Bruce Lee. Definitivamente le cogí mucho cariño. Acabé manteniendo la bombilla día y noche encendida porque me di cuenta de que repercutía en la velocidad de su crecimiento. ¡Miradme! Hablo ya como un auténtico profesional de bebés-bombilla.

Pero lo que verdaderamente nos interesa… ¡De acuerdo, de acuerdo! Lo que verdaderamente me interesa, ocurrió hace tres días.

El feto estaba grande. En realidad no tanto como un feto normal, pero lo suficiente para que la bombilla se le quedase pequeña. De hecho, apenas emitía luz alguna porque el bebé lo ocupaba todo. Y ahí, digamos que la lógica me hizo una visita sorpresa. ¿Y ahora qué? ¿Este bebé se supone que va a salir de la bombilla? ¿Cómo? ¿Por cesárea? ¿Cómo se practica cesárea a una bombilla? Y noté que el bebé empezó a moverse. Y el cristal empezó a desquebrajarse, como si fuese un huevo.

Me entró el pánico. Debe ser que soy de esa estirpe de hombres que se desmayarían en una sala de partos sí o sí. Temí que ese crío se cortara, se asfixiara o algo. Así que no se me ocurrió otra cosa que llamar a la casera. Podría haber llamado a mis padres, al vecino, o la tipa que tira el tarot por teléfono de madrugada, pero preferí llamarla a ella, aunque me echase el sermón del siglo por haber entrado allí.

Pues no tardó ni cinco minutos en llegar. Y no venía en coche ni nada, así que tuvo que venir a la carrera, que ni Flash hubiese sido un adversario a la altura para ella. Teniendo en cuenta sus más de setenta años, esa mujer a los treinta, fijo que era imparable.

-¿Cómo se te ocurre? ¿Cómo has podido? – la señora se agarraba la cabeza con fuerza, como si se le fuera a caer.

-Se llama Snoopy… pero es provisional – alcancé a responder.

Nunca fui muy bueno poniendo nombres, ahí está la prueba.

-No se va a llamar Snoopy, ni va nacer. De ninguna de las maneras.

La casera rebuscó algo por debajo de la bata, con mucha tranquilidad. Pensé que sería algún pañuelo, pero hoy no era mi día: la mujer sacó un revólver. Iguialito que una peli americana. Y apuntó sobre la bombilla, lo que hizo que por un segundo me aliviara, pues pensé que iba dirigido a mí. Combinación curiosa la bata floreada, las pantuflas rosadas y el arma. No me preguntéis dónde la consiguió, se creería una estadounidense, que allí te sale una granada hasta en el Roscón de Reyes. Si tuviesen Roscón de Reyes.

-¡Nosotros parimos, nosotros decidimos!- grité a pleno pulmón poniéndome entre ella y Snoopy.

-¡Qué va a ser tuyo! ¡Y no lo trates como una mascota! Eso que ves es el resultado de una idea que tuve hace años.

Ahí se hizo un silencio. Nos quedamos mirándonos a los ojos. Era casi romántico. He dicho casi ¿vale?

-Hace años tuve una idea y, al momento, apareció esta bombilla. Nunca la vi ni la desarrollé, pero intuí que si trabajaba en ella, podría sentirme realizada, salir de este pueblucho y empezar una nueva vida lejos de todos.

Eso sí que no me lo esperaba. Al parecer esa tropa de chavales de la foto eran producto de no saber poner un condón, no de tener el objetivo vital de repoblar la Tierra.

-Espera un momento… ¿La bombilla surgió por una idea? ¡Ala, como los cómics! Si yo sabía que esas bombillas en la cabeza de los personajes luego tendrían que ir a alguna parte.

-No obstante, lo fui postergando y, ahora, ya estoy mayor, me quedan dos telediarios.

-No es para tanto…

-¡Dos telediarios! Y no quiero que la idea nazca y me torture, recordándome lo que pude hacer y no hice. Pero, por otro lado… me dio penica tirarla a la basura.

Matar a Snoopy por satisfacer los deseos de la casera no era fácil. Las palabras salieron de mi boca sin mi permiso.

-Puedo adoptar la idea.

-¿Puedes? – a la mujer se le iluminó la cara.

-Sí… claro – dije dudoso.

-¡O, es maravilloso!- dijo ella y dejó la pistola en la mesa. – ¡Significa que esa idea se hará realidad de algún modo!

Ahora sí estaba en problemas. ¡A la mierda la carrera, a la mierda todo! Si ese bebé era el proyecto de ser bailarín de ballet, estaba bien jodido. Odio bailar. Y si era el proyecto de ser miembro de una secta, pues tampoco era una idea reconfortante.  En menos de cinco minutos ahora estaba condenado a vivir el sueño de otra persona. Era tan frustrante. Tan…

El sonido de la bala aterrizó contra la bombilla, haciéndola estallar en mil pedazos. Mis manos portaban el arma de la casera, de forma temblorosa. Acababa de descubrir que si en el futuro tenía Parkinson, eso no impediría tener una puntería brutal.

La señora me miraba boquiabierta, con un punto de desilusión. Hace menos de un minuto quería ella apretar el gatillo y ahora me recriminaba indirectamente. Hablo como si hubiese sido planeado y realmente tengo una pequeña laguna en el proceso de tomar la decisión que tuve. Será lo que llaman amnesia postraumática, igualito que los veteranos de guerra. Sí: soy como un veterano de guerra.

El bebé se había desvanecido sin dejar pruebas de que alguna vez estuvo allí. Nada de nada. Salvo una bombilla normal. Rota y normal.

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