Zombie

Es curioso como, cuando nos preguntan “qué tal estás”, no nos están preguntando muchas veces dicha pregunta, verdaderamente. Nos están preguntando qué elementos externos están pululando en nuestra vida. Y en función de esos elementos externos, dictaminarán un mejor o peor posicionamiento en el baremo de estado anímico.

Pero últimamente, cuando me han preguntado “qué tal estás” han incidido “¿internamente, cómo te encuentras?” Y lo agradezco. Lo agradezco muchísimo porque significa que conmigo han roto una barrera. Porque muchas veces la red de pensamientos va más allá de aquello que pueda la gente ver desde fuera. Porque siento que, de una forma u otra, esos baremos externos que dictaminarían mejor o peor posición de estado anímico se me presentan como murallas, barrotes, formas de sentir un mareo psicológico no especificado.

Vivimos en una sociedad donde hablamos de los mismos temas una y otra vez, repitiéndonos como loros, como si fuésemos a veces seres prefabricados, cuya diferencia radica en ciertos elementos situacionales externos que nos rodean, donde cualquier persona en nuestro lugar sentiría de la misma manera. O eres un puto raro. O sádico. O ambas.

¿Tienes un buen trabajo? Eso es bueno (y eres un puto crack). ¿Tienes pareja? Eso es buenísimo (sí o sí lo es). ¿Has dejado el trabajo? No te angusties (porque fijo tendrás que estar angustiado), ya encontrarás otro. ¿Estás haciendo deporte? Debes sentirte maravillosamente, por cojones. Y si no, es cuestión de tiempo. A todos nos pasa. A todos.

Y así te va: Haciendo logros externos prodigiosos, demostrando continuamente que mereces la pena para no escuchar esa voz interna que está llena de vacíos que te inquietan, llenando tu mente de Netflix para que la duda que te corroe no te acabe consumiendo.

Las demostraciones constantes de que tenemos una vida de puta madre (o, en el “peor” de los casos, meramente corriente y normal) se tiñe de envidias, cuando intentamos ascender en logros para demostrar mayor felicidad, no como carta de presentación a los demás, sino como carta de presentación para uno mismo.

Y luego están los periódicos, donde los noticiarios nos bombardean con las dos o tres noticias de turno, donde muchos acaban involucrados en discusiones para estar a favor o en contra de una idea que a tu político preferido le interesó apoyar, volcando frustraciones que, a lo mejor no provienen de esa noticia que a los medios e comunicación han puesto de moda.

Llega un momento que apagas tu mente y tus emociones con entretenimiento colectivo, apoyado por las masas. Donde un “no me encuentro bien” no tiene cabida alguna. Música alta para no escucharse, alcohol para aplacar la inseguridad; salta alto hasta que todos los problemas queden bajo tus pies. O haces todo lo contrario, te encierras en un grupito selecto, creyéndote súper especial, siendo en realidad otro estereotipo más para intentar entender por lo que estás pasando, pero sin llegar a enfrentarte a la raíz del conflicto.

Hasta que, en esos segundos de silencio cuando atraviesas la puerta de tu casa desde el trabajo, esos momentos de transición forzosa, volverán a resurgir como una plaga mal matada una oleada de pensamientos sin respuesta, esperando impacientes el siguiente chute de ninguneo; momento en el que decides meterte en el móvil para inundar la vista con bromas que no recordarás dos horas después.

Pero no siempre es así. En muchos lugares hay gente que realmente se preocupa por como te sientes. Donde usan el entretenimiento como lo que es, sin esconder ni huir de aquello que causa desagrado. Pero lo que más importa: si tú mismo no empiezas a ser honesto contigo mismo, no podrás serlo cuando la gente te pregunte.

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