Certidumbre

Marmy se acercó, con su robusto cuerpo y su regordeta cara amable. Sabía que había llegado la hora. Quería que yo hablase, que contase mi historia, de cómo había salido viva de todo aquello.

Notaba las múltiples miradas a mi alrededor. Granjeros, tenderos, agricultores… Mujeres y hombres a los que no les importaba trasnochar me miraban con curiosidad e impaciencia, mientras yo devoraba el queso de cabra y el pan de centeno. Se notaba que la rebanada que me habían dado tenía su tiempo, pero su dureza me daba absolutamente igual. Tenía un hambre horrible y era evidente que mi pueblo se estaba quedando sin recursos, teniendo que aprovecharlo todo al máximo.

-Más despacio, muchacha, te vas a atragantar -el tabernero limpiaba la barra sin dejar de mirarme. Era normal que, a esas horas , ya hubiese un puñado de borrachos esparcidos  por la taberna, alguno incluso tirado en mitad del suelo. Pero creo que el impacto de mi inesperado regreso quitó la ebriedad incluso al más alcohólico de todos. Por un segundo, me sentí orgullosamente importante, pero mi infantil alegría se esfumó al momento: se sorprendían porque hubiesen apostado sus pocas monedas de oro a que jamás regresaría, desde el mismo instante en que me animaron a embarcarme en esa inquietante misión.

-Bueno, Tiana – Marmy, la mujer del tabernero, contenía su nerviosismo – creo que todos estamos deseosos de que nos cuentes qué has visto en estos siete días por esos… sitios tan profundos.

-Ya. Sí, claro.

Todos los asistentes se acercaron un poco. Casi podía escuchar los latidos del corazón de alguno de ellos.

-Cuando bajé a través de la Cueva Roja que ya todos conocéis, realmente estaba asustada. Ha sido impactante para nosotros asimilar que Ulises no regresará jamás después de tantas semanas sin noticias, siendo uno de los mineros más valientes. Pero en mi interior resonaban las palabras del sagrado libro de las profecías de nuestro amado pueblo Libranty: ellos predijeron hace tiempo que un par de monstruos flanquearían la puerta que nos comunica con el exterior. Así que, ¿Por qué irían a equivocarse con la solución, en las profundidades subterráneas?

El silencio de todos fue desgarrador, asifixiante. ¿Me había temblado la voz en algún momento? Tenía el poder de la oratoria de mi parte: mi padre, pastor de la iglesia desde hacía más de veinte años, siempre me había dado lecciones para narrar una historia de forma alentadora.

-Los primeros tres días de camino no vi absolutamente nada. Pero el cuarto… el cuarto día fue decisivo.

Era incapaz de mirar a nadie a los ojos. Hablé a mi plato ya vacío, como si fuera mi protector y mejor amigo. Limpio, inmune a todo aquello que estuvo conteniendo apenas unos minutos atrás. Quería ser como ese plato, pero las palabras y los hechos tienen un peso inborrable y yo estaba toqueteando ambas cosas, con mis manos sin lavar.
Creo que el perro de Marmy notaba mi temor y mis pensamientos circulares, pues caminaba intranquilo  entre mis piernas, olfateando mi chaqueta y mi bolsa de viaje.

-Vi… vi… vi una luz procedente de una esfera. La esfera tenía vida propia. Cambiaba de color continuamente. ¡Oh, si la hubieseis visto! Los colores más hermosos del mundo. No he visto flores con unas tonalidades tan majestuosas como las que emitía esa esfera. Creo que era de cristal, pero no podría afirmarlo. Supe, nada más verla, que esa era la respuesta. Entonces…

El perro, que seguía jugando con mis pertenencias, sacó la mugrienta flauta dulce que llevaba en la bolsa.

-¡Eh, deja eso!- grité.

Mi enfado acobardó al perro, que dejó la flauta a mis pies y salió corriendo, refugiándose  en los pies de su dueña.  El resto de los presentes, también se asustaron al  yo levantar la voz.

-No hagas eso, por favor. Podrían escucharnos…ya sabes quiénes- el tabernero estaba visiblemente molesto.

-Mis disculpas. Para no extenderme, perseguí la esfera durante horas. Pero, lamento decir que no pude atraparla. Llegamos a una zona volcánica, penetró en la lava y siguió avanzando. Esa esfera es muy poderosa y yo no tenía los materiales necesarios para hacer frente a esa adversidad. Así que decidí, con esta información, regresar a la superficie, para avisaros de que en la próxima bajada tendremos que hacer frente a altas temperaturas, si queremos agarrar esa misteriosa arma. Y una red: una red de materiales muy resistenes.

-¿Pudiste saber algo de Ulises?- preguntó Marmy mientras con sus puños agarraba con fuerza su desgastado vestido.

El recuerdo de un cadáver en estado de putrefacción me vino como un fulminante rayo, cortándome la repiración.

-Nada en absoluto. Lo siento – respondí.

Noté la decepción en las caras de muchos.

-Bueno, al menos sabemos algo más- el panadero intentaba mantener  la compostura – no nos sobran los materiales para ponernos finos, pero nos apañaremos ¿verdad?

La gente se miró dudosa, los unos a los otros. Tras unos segundos, sus caras volvieron a la vida.

-Le enseñaremos a esa bola de los cojones quién manda aquí – el pescadero levantó su peludo puño.

Los pueblerinos empezaron a hablar entre ellos, entre murmullos.  Estaban excitados ante el principio de un plan Y, lo mejor de todo, se habían olvidado de mí. No fue difícil salir de la taberna con mis pertenencias. Necesitaba pensar.

¿Había sido adecuado haberles mentido? Volví a recordar el cadáver de Ulises. Me parecía increíble como un hombre tan fuerte por fuera podía derrumbarse tan rápido por dentro, hasta quitarse la vida. Imaginé la cara del pescadero, la del panadero, la frutera, la de mi vecina, la de mi propio padre… todos convertidos en cadáveres por elección propia, porque la esperanza había echado a volar a lomos de un cuervo; una montaña de podredumbre soltando un grito de dolor antes de atravesarse de lado a lado, con un objeto punzante.

Abrí mi bolsa de viaje y saqué aquella flauta. Parecía la carta anunciadora de una larga etapa de desolación. Y así lo pensaría Ulises, tras ver ese austero objeto encima de un manto anaranjado como el fuego: todo coincidía de acuerdo a las escrituras, salvo la calidad del instrumento. ¿Los sabios también  habían mentido a conciencia?

Una flauta que además estaba mal tallada, cuyo sonido era chirriante, abominable. Un instrumento tan defectuoso como el destino que nos deparaba.

Libranty fue construido en lo alto de un acantilado, bordeado por barrancos aún más altos. La única salida posible se situaba en la zona Noreste, donde una gran puerta de bronce daba la bienvenida, tras atravesar un puente colgante; con esas bestias con trompetas en mano, que ahora nos impedían el paso. La cuenta atrás llevaba meses activada: tarde o temprano el Señor de estas bestias regresaría y decidiría qué hacer con nosotros.

Las trompetas de estos nefastos soldados llamaban a una bandada de demonios voladores amaestrados a la mínima señal de peligro que notasen, llevándose una gran cantidad de vidas humanas. Ya lo habíamos intentado inútilmente la primera semana de encierro. Y la segunda. Y un mes después. El hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra, estaba claro. Sesenta y cinco funerales en menos de mes y medio. Mi padre me dijo que quizás escuchasen nuestras mentes, porque era increíble con qué rapidez predecían nuestros planes. Por ello nos habíamos acostumbrado a la discreción en todo momento.

Cerré los ojos y observé esa puerta en la lejanía. La rabia brotaba desde lo más profundo de mi ser, como si por mis venas corriese ríos de azufre. Mis pulmones se llenaron del poco aire que podía coger dada mi ansiedad y soplé con intensidad a través de la flauta, sonando fuerte, desafinado, errático. El eco de ese sonido no se despegaba de mi piel, ni de la corteza de cada árbol y piedra que me rodeaban. Eco, aún más eco. Y, el temblor respondió a mis plegarias.

Ese sonido tan espantoso provocó desprendimientos en los barrancos cercanos. Pude ver un montón de rocas caer desde diferentes puntos. Y sí. Allí estaban esas rocas cayendo al lado de la puerta de entrada; pude oler la amarga mezcla de muerte ajena y regocijo propio, a pesar de la distancia.

La flauta me sonreía desde su oquedad. Perpleja, me aproximé lentamente hacia el pueblo, sabiendo que jamás nadie creería el motivo exacto de los desprendimientos. Porque no dije la verdad en el momento exacto y porque esa energía misticista que aportaba lo desconocido era ahora un punto vital para envalentonarse hacia el futuro esperanzador pero incierto que aún teníamos ante nuestros ojos.

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