Sin orden

Ella había tejido un nido de mentiras. Había pasado por varias sábanas en los últimos meses, adicta a los buenos días de la voz masculina semidesconocida de turno. Pero solo el espejo del baño sabía que nadie había tocado su corazón.

Jugaba a ser maniquí de ilusiones ajenas, vestigio de falsas alegrías, un resorte con cuatro capas de pintura para ocultar el óxido. Gritaba “¡Orden en el caos!” pero era la primera que no sabía siquiera donde estaba su cama, su casa, su vida.

Las pocas veces que su corazón se había abierto y florecido, palpitando con algo más que con tambores de procesión solemne,  había sido apartada, como si el olor de sus emociones fuese errático. Eso sí: cada rechazo adjuntado con una píldora de incomodidad pseudoculpable. La gente era adicta a sentirse íncomoda cuando le hacían daño, como si las piernas de alambre de ella se pudiesen partir ante palabras demasiado tajantes.
La cogían por el mentón con una suavidad que quemaba y les susurraban esos dedos:

“Dulce duendecilla,
no soy de tu mundo
pero sigue cantando
y encontrarás tu fábula”

Sí: Así rezaban al unisono, que ella había aprendido a leerlos bien. Pero retumbaba en sus oídos la mirada contradictoria de ellos y la determinación era clara, cruda y sin enrededaderas que taparan la reja :

“Merezco algo mejor,
pero ha sido divertido”.

Fuera de todo pronóstico, eran más dolorosos unos dedos que una mirada: no hay cosa más punzante que una demagogia coloreada con arena, pues las fábulas no es arma suficiente para combatir la soledad.

Lo más gracioso (porque en la desgracia, la gracia va contenida, aunque tenga ausencia de color) es que las demagogias son un herpes incómodo que se va pegando, desconociendo el que lo originó… y no te percatas de que también lo tienes y lo creas, hasta que se acercan los créditos finales.

Pero algo estaba a punto de cambiar. Y todo empezaba por el mismo sitio por el que empieza la consciencia de la vida: por ella misma.

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