Crimen

La policía apareció en el lugar del crimen. En el bosque, el único sonido existente era el de los grillos, que matizaban la ebriedad del desconcierto. La tierra había sido revuelta. A la derecha, el culpable, un gato gris, echó a correr.

Dos agentes salieron de uno de los coches y lo siguieron a gran velocidad, atravesando la maleza. Por mucho que se adentraba en la oscuridad y por muchos matorrales que esquivara en su huida, el animal se veía incapaz de despistar a los agentes.

Siguió corriendo, mientras iba dejando un rastro de pelo. A medida que aceleraba, iba perdiendo cada vez más pelo. Al principio se iba quedando atrapado entre las ramas de los arbustos. Pero llegó un momento en el que ya, hasta la más mínima brisa era suficiente para ir desnudando su piel. Buscaba algún árbol para trepar, pero era inútil: Todos los árboles se apartaban para que pudiera seguir la persecución, alterados por una fuerza extraña que brotaba de ellos mismos.

Fue entonces cuando el último pelo cayó. Éste se convirtió en un hilo dorado que se hundió en la hierba. Todos los árboles que antes se habían apartado, se fueron acercando al pequeño felino a gran velocidad. Todo pronosticaba que el desnudo gato sería absorbido por el propio peso de la naturaleza.

Uno de los agentes disparó al aire. Los árboles se frenaron en seco. El otro agente cogió al gato por el lomo y, en ese momento, se convirtió el pequeño animal en un montón de cenizas.
-Demasiado tarde-se lamentó el agente con las manos manchadas de pasado.
-¿Sabes cuántos ojalás había enterrado?- preguntó el otro, rascándose aturdido la cabeza.

– Más que recuerdos, eso te lo garantizo- contestó, observando como el hilo dorado temblaba, arropado por el verdor.

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