Re-trato

-Un, dos, tres, cuatro, cinco… Un, dos, tres, cuatro y cinco…
Llevaba susurrando esa serie de números desde hacía un buen rato. Sentada en la mesa, como una niña esperando ser castigada, solo que estaba por voluntad propia. Mis hombros caían, mi espalda se perdía. En la otra punta de la larguísima mesa estaba él: leyendo un periódico que tapaba casi toda su presencia. Levantó levemente la vista y me erguí de golpe. Tras una expresión, que traducí como leve decepción, volvió a su periódico.

Las paredes estaban llenas de cuadros. En todos, exactamente la misma fotografía: La cara de Laura P., con una amplia sonrisa y un peinado impecable. Filas y filas clónicas, provocando vértigo si dabas una pasada rápida con la mirada. En una de estas paredes, la chimenea encendida repiqueteaba. En la parte alta habían apoyadas varias velas encendidas también, en sus candelabros.

El mayordomo, que había estado a mi lado todo ese tiempo, se dispuso a levantar las tapas de aquellos platos de plata. Decenas de platos se disponían por aquella casi interminable mesa caoba. Mi acompañante de mesa seguía con el periódico en mano.

¿Qué había para comer?

Piezas de puzzle. Cada brillante plato estaba lleno de muchísimas piezas de puzzle, de todos los tamaños inimaginables. Tras morderme un poco el labio inferior, cogí el plato más cercano y comencé a intentar encajar las piezas, sin éxito. Notaba la evaluativa mirada de él; mientras que el mayordomo, en cambio, escribía algo en un pequeño cuaderno.
-Un, dos, tres, cuatro, cinco…un, dos, tres, cuatro, cinco…
Mis manos empezaron a temblar. La serie de números continuaba saliendo de mi garganta a modo de murmullo. ¿Por qué había tanto cielo en aquellas piezas?

Noté un pequeño codazo: el mayordomo me estaba haciendo una señal, tendiéndome una nota de papel doblada. La abrí de manera disimulada, por debajo de la mesa.

“¿Sabes dónde está el cero?”

Le miré desconcertada: ¿Era compasión lo que me trasmitía?

Me levanté, generando un molesto ruido al arrastrar la silla. Con paso decidido caminé hacia el encorbatado lector de periódicos. Mis pasos formaban un eco casi ensordecedor. Carraspeé antes de hablar:
-¿Dónde está el cero?

Levantó de nuevo la mirada con aburrimiento y de pronto su cara se iluminó. Una sonrisa había cubierto ese rostro aparentemente lleno de hastío. Miraba mi abdomen. Observé la dirección de él y ahogué un grito: un gran agujero con forma de cero me traspasaba de lado a lado, a la altura del ombligo. Al otro lado podían verse una parte de la multitud de retratos de Laura P.

No había cambios: en sus pupilas se reflejaba a la hermosa Laura P., alguien que jamás había llegado a conocer pero que ya tenía motivos de sobra para que me incomodase. Podría haberse parado el tiempo en ese momento: estaría atrapada para siempre en esta enfermiza pausa y yo no hubiese sido capaz de darme la vuelta. Pero…

Un golpe seco y titánico derrumbó el momento. Ambos giramos la cabeza: La mesa había sido partida en dos. Muchas de las piezas se habían esparcido. Al lado de ésta, un grueso bate de metal apoyado y el mayordomo, que se mantenía firme, con la cabeza bien alta. Absolutamente todos los retratos de Laura P. ahora estaban sorprendidos, con los ojos y la boca muy abiertos.

El mayordomo me miró a los ojos. Y fue entonces cuando lo dijo:
-Uno.
-Un, dos tres, cuatro cinco…-empecé yo.
-No-respondió el mayordomo.
-Cero, un, dos, tres, cuatro, cinco…
-No-volvió a responderme.
Entonces lo entendí, y los ojos se me humedecieron. Dije con voz temblorosa:
-Uno.
El mayordomo se acercó a mí. Cogió uno de los candelabros que estaban junto a la chimenea y siguió caminando hasta estar lo suficientemente cerca para poder tenderme la mano.

La cogí, fría como el hielo. Me centré en la llama que sostenía. Me acompañó a la salida. “Gracias” era una palabra demasiado pequeña en aquel momento.

2_velas

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