Café sin café

Recuerdo que el frío inhóspito de la calle de aquella noche me helaba los huesos. Pero esa sensación quedaba en simple frase hecha, pues lo que más me dolía en aquel momento era la cara. Había forzado tantas sonrisas esa semana, que tenía las mejillas totalmente entumecidas. Las estridentes risas que envolvían la ciudad me resultaban muy molestas, muy carentes de sentido. Era como si resonasen desde lo alto de un campanario y yo estuviese atrapada en el laberinto de setos que se encontraba a sus pies.

Estaba pasando una mala época por aquel entonces, ya que sentía que no pertenecía a ninguna parte: mi antiguo hogar era ya una nebulosa que había continuado sin mí y la gran ciudad contenía miradas con tantas dobles intenciones que el concepto de una sonrisa era ya para mí un simple arco de medio punto. Si no hubiese fijado la quedada a aquella hora, posiblemente mi cita hubiese sido con la pantalla del ordenador.

-¿Has vuelto a sentirte identificada con la lluvia hasta perderte en ella?- me preguntó él con cierta picardía, regodeándose una vez más en la afición de parafrasear alguna de mis pretenciosas frases. Me decía que era una aprendiz de la lengua, que el lenguaje lo tomaba simplemente prestado, pero que aún así retaba a las palabras a un pulso siempre que podía, haciendo trampas. Seamos realistas: éramos un par de ridículos presuntuosos que hacíamos de la cursilería nuestra razón de ser, solo porque así teníamos algo nuestro y de nadie más.

Pero ese día no tenía ganas de hablar. Solo hice esa mueca que se supone que era expresión de felicidad. Eso decían ¿no?

-Hoy te voy a traer una tormenta particular-me dijo. No tenía ni idea de lo ciertas que iban a ser esas palabras.

Durante los últimos meses, me había enseñado muchísimos grupos únicos. Me había enseñado el valor de la comunicación entre músicos solo a través de un gesto, de como las notas musicales cuentan historias por el orden y el ritmo y de como un saxofón podía ser vida o muerte. Y que la diferencia estaba solo a la distancia de un compás.

Era una de las cafeterías con música en directo más famosas de Madrid, pero jamás la había pisado. Respetó mi silencio; ya habíamos hablado anteriormente sobre el pago de la entrada. Soy muy estricta con el hecho de que no me paguen nada si no puedo devolverlo, llegando a veces a trasladarlo a las muestras de afecto. El agua y yo nos diferenciamos en eso.

Recuerdo que  nos sentamos cada uno en un pequeño sillón aterciopelado rojo, pedí un Bloody Mary y me quedé un rato hipnotizada con el palito de apio que lo adornaba. Él no dejaba de mirarme. Sabía que estaba intranquilo, aunque su postura era de total despreocupación: supongo que en ese momento su cara también le dolía.

Podemos llegar a ser tan rematadamente egoístas cuando estamos tristes… Y en aquel momento yo era capaz de  haber dejado que una flota de marineros se hundiese en alta mar, aunque tuviese todos los salvavidas en mi mano: el volumen de mis pensamientos dirigía el resto de mis acciones. Qué desagradable escalofrío me acaba de entrar solo de pensarlo.

Y el concierto empezó. Nunca lo olvidaré: Orenda Fink. Su nombre me era tan poco familiar como el local, pero sus letras y melodías tristes, introspectivas y nocturnas eran reflejo de cómo me sentía. No eran sonidos de esa ciudad. Tampoco sonidos de mi antigua ciudad. Y pasó algo muy extraño: sentí que el exterior y mi interior eran exactamente iguales, hasta el punto de no notar diferencia. Como si dejase de ser una persona, como si fuese un estado de ánimo, sin barreras físicas de ningún tipo. Ya no era piel, músculos, huesos. Y, en ese estado, la soledad, evidentemente, dejaba de tener cabida.

Dicho así suena la descripción del clásico viaje psicotrópico que te venden ciertos consumidores, pero era algo más sencillo, menos efectista, pero fascinante. Algo que posiblemente todos hemos experimentado antes, pero que le quitamos valor porque es cotidiano. Porque cotidiano y ningunear se parecen demasiado: Buscamos demasiados parecidos entre las cosas para volverlas cotidianas y poder así ningunearlas después.

Él me tocó con su dedo índice la punta de mi nariz, desviando por un momento mi atención del concierto a sus ojos:

-¿Has vuelto a sentirte identificada con la lluvia hasta perderte en ella?-ahora su sonrisa era auténtica, igual que la mía, que no sabía cuándo había aparecido, pero no podía dejarla de lado ni un momento.

En aquella cafetería no se servía café a esa hora. Pero era inexacto: servían otra clase de café.

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