Vapor

-¡No te soltaré! -gritó él.
-Es inútil-dijo ella con voz apagada- más vale que sueltes mi mano ya. Estoy cansada. Estamos cansados.
-¡Jamás! ¡Te perdería para siempre y no me lo perdonaría nunca!

La sonrisa irónica de ella, temblaba:
-Te agradezco que me hayas encontrado. Te agradezco que siguieras el rastro de mis pasos, aunque fuese por mera curiosidad. Pero entiéndelo: si no me sueltas, moriremos los dos. Puede que el abismo asuste, pero hay cosas que dan más miedo que el vértigo.
-¿De qué coño estás hablando? ¿Cómo cuáles?-la mano sudorosa de él no estaba ayudando demasiado.
-Como saber que soltarme sería la única forma en la que podrías llegar a ser feliz.
-Pero… ¿y tú? – chilló él desesperado.
Y el eco del bosque respondió “¿y tú?” innumerables veces. La piel de ambos se erizó.
-Yo ya estoy sentenciada a muerte.
-Creo que podré evitarlo. Solo tengo que seguir a tu lado.-apretó la mano con toda la fuerza que podía.
-No. No podrás evitarlo. No podrás evitarlo porque me he enamorado de ti.

Él se quedó mudo unos segundos.
-No…no lo sabía. Pero ¿no tiene cura?
-Me temo que no. Es terminal.
-¿Cuándo lo supiste? -ya tan solo eran tres dedos los que agarraba.
-Empezaron con pequeñas cosas, detalles sin importancia. Un extraño hormigueo, un dolor en el pecho, pensamientos recurrentes….y cuando quise darme cuenta, ya era demasiado tarde. Suelta mi mano, por favor- no sabía cuánto tiempo más podría contener la tristeza dentro de sus ojos.
-Entiendo. Lo siento. Pero…quiero que sepas que siempre te recordaré.
-No, no lo harás-dijo ella.

Él la soltó, separándose ambos de forma inmensamente rápida.

Él iba cayendo, a gran velocidad, mientras ella se arrodillaba en la dura tierra, abatida. Él caía,  precipitándose a la inmensidad del cielo azul. A sus pies podía ver la respetuosa mirada de muchos pájaros, el saludo de las nubes y la inmensidad del Sol. Cerró los ojos y relajó sus sentidos: el calor que ahora le cubría era reconfortante, de una maravillosa manera jamás experimentada.

Ella dejó de poder verlo cuando la imagen de su elevación hacia el sol la cegó, acompañada del empañamiento de sus lágrimas. Él, fuego. Ella, agua. ¿O quizás era al revés? Todo era demasiado confuso.

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