Nombre

Alba y Mariela bajaron las escaleras en dirección al metro. Mariela tenía los ojos muy abiertos, fascinada:
-¡Cuánto frenesí! Todo es tan grande.
-Cómo se nota que eres de pueblo. ¡Si hasta sacaste una foto a una bolsa de patatas fritas que estaba en el suelo!
-¡Un bolsa de patatas de ciudad, compañera! Que hasta la basura tiene cosas que decir de su gente.
-Sí, que es una guarra. ¡Anda, corre que se nos escapa el metro!

-Uf….casi no llegamos.- Mariela apoya sus manos en las rodillas para coger aliento. El brusco movimiento del metro casi le hace perder el equilibrio.
-Oh, no- la incomodidad de la cara de Alba alerta a su amiga.
-¿Qué pasa?
– Aquí estamos otra vez. Putos mendigos en el metro.
-¿Qué está diciendo? No le he entendido bien.
-Está pidiendo que alguien diga su nombre. Qué pesados son todos.
-¿Su nombre? ¿Y cómo se llama?
-Eso qué más da. No vamos a decir su nombre, no te fíes.
-Alba…esto…le falta media cara.
-Ya, y un brazo ¿Qué me quieres decir con eso?
-Da bastante pena.
-¿Por qué crees que pide que digan su nombre? Es la excusa de siempre: “Si no decís pronto mi nombre, desapareceré”-Alba acabó la frase con una mueca de asco.
-Estas cosas no pasan en el pueblo…
-Porque sois cuatro pelagatos y sois todos familia. Aquí es diferente. A ver: dame un buen motivo para que diga su nombre. ¿Quién es? ¿Qué ha hecho por mí? Para ser llamado, te lo tienes que haber ganado. Mendigar atención es lo fácil. Aquí muchos nos curramos el que tengamos derecho a que nos mencionen.
-¿Y qué debe hacer para tener derecho a que pronuncien su nombre?
-No sé…hacer algo útil, por ejemplo.
-Pues yo voy a decir su nombre.
– Esa clase de cosas son las que hacen que los nombres pierdan valor. Pero tú misma.

Mariela se acercó decidida: la ciudad no era tan perfecta como lo había imaginado. Pero quizás de esta forma pudiese complementarla con el ambiente pueblerino. Por primera vez se sentía con capacidad de aportar algo. Y eso que a ella sí la llamaban por su nombre. Ella no tenía riesgo de desaparecer.
-Disculpe, señor… ¿Cómo se llama? Estoy dispuesta a pronunciar su nombre.
-Y… ¿Y tú quién eres? -el mendigo, de mirada algo ausente, arqueó una ceja.
-Mariela. Vengo de Villatropiezos, un pequeño pueblo. Apenas somos 100 habitantes, pero le puedo decir que es muy…
-No me interesa. No eres de esta ciudad. Poco puede hacer tu voz en mí.
-Pero, señor, qué tiene de malo…
En ese momento, el mendigo empezó a moverse muy extraño, como si algo se agitara en su interior. Alba enseguida la cogió del brazo y tiró de ella hacia un rincón.
-Tarde-fue lo último que dijo aquel hombre.

El mendigo explotó, convirtiéndose en montón de hojas de periódico que volaron por todo el vagón. La gente, que hasta ahora tenía la vista puesta en sus móviles o tablets, levantaron la cabeza. Rápidamente todos se abalanzaron hacia las hojas de periódico. Del silencio, pasaron a las lamentaciones. Una muchedumbre comentó cosas como “pobrecito”, “cómo está el mundo”, “¡es horrible!”. Empezaron a pelearse por conseguir una hoja de periódico, hasta llegar a ser una escena un tanto agresiva.
-¿Alba, qué está pasando?
Pero su amiga no respondió: se había unido a la multitud, ansiosa por coger una hoja de periódico también. Mariela pudo entrever el titular: “Mendigo muerto ahora mismo, siendo tú testigo de ello”.

El aviso de la siguiente parada de metro, alertó a los pasajeros. Todos se pusieron firmes a la vez y volvieron a sus sitios, algunos con intención de salir. El suelo había quedado impoluto. Igual que la conciencia colectiva que reinaba.

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3 comentarios en “Nombre

  1. Esto está muy interesante. Tiene una crítica muy fuerte al egoismo de las personas que luchan por no acabar siendo nadie en medio de un mundo interconectado lo cual equivale a la no vida. Es como si el mendigo estuviera igual que el espíritu que sigue a Chihiro buscando engullir reconocimiento en vez de almas con completa avidez. Me ha gustado mucho.

    • La fuerte impresión que me causó ciertas reacciones de la gente cuando me mudé, se me quedaron grabadas. Y luego, reflexionando, me di cuenta que no era solo producto de este lugar: simplemente la novedad me mantenía más alerta. (o_o)

  2. Eso me recuerda a Sophie de El Castillo Ambulante. Todo en la capital mágica del reino la sorprendía todo el rato y no le daba tregua aunque siempre trataba de hacer buenas acciones. Cuanto más abría su corazón, cuando menos encerraba sus sentimientos, más rejuvenecía.

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