Inmortal

Aquella joven se plantaba  cada mañana en mitad de la playa de aquel pueblo de pescadores. Se sentaba en la misma roca de siempre y aguardaba a que apareciera.
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Hacía tiempo que había dejado de esperar que algún hombre se fijase en su existencia: simplemente esperaba a que un chico mirase el mar. Esa era la llamada.

Cuando algún hombre se sentía atraído por la inmensidad del horizonte, pero sin tener muy claro lo que había al otro lado, era el momento para acercarse, no sin la timidez que le correspondía, y preguntar:
-Perdona: soy escultora ¿Puedo hacerte inmortal?
Solo le bastaba una mínima afirmación de cabeza para, con gran habilidad, dar un salto hacia su pequeño estudio.
Y, a partir de un bloque que había preparado a priori, empezaba.

Intentaba remarcar los aspectos positivos, resaltaba la belleza de su sonrisa, la ironía de sus cejas, la fuerza y a su vez delicadeza de cada mano. Con el paso de los años había desarrollado la habilidad incluso de poder expresar en la piedra cosas impensables como el alcance de las aspiraciones,  la energía con la que se levanta la persona cada mañana, la añoranza de un juguete perdido.

Tuve la oportunidad de conocerla. Yo también era uno de esos chicos que en aquel momento miraba el mar en busca de respuestas. Y fue increíble el trabajo que hizo.

Lo que más me sorprendió es que me dijo que lo haría gratis. A cambio solo quería verme al menos 5 minutos al día. A veces volvía del trabajo y podía ver por el pequeño conducto de ventilación la luz desde dentro; levantarme por la mañana temprano y comprobar que todavía seguía allí. Y escucharla picar una y otra vez. Algo que me sorprendía es que siempre trabajaba con la puerta cerrada. Pero alguna vez me asomé por el ojo de la cerradura  y ahí estaba: reproduciendo cada centímetro, con gran dedicación.

El día que la acabó, me cogió de la mano y con una amplia sonrisa, me condujo al estudio y levantó la sábana que lo tapaba. Era muy parecido a mí. Demasiado parecido a mí.
-Es increíble el trabajo que has hecho.
Ella sonrió. Cuando sonreía parecía una niña; se le disimulaban esas ojeras producto del cansancio.
-¿Y ahora qué?- pregunté.

A ella se le borró la expresión.
-¿Cómo que ahora qué?
-No… no me siento cómodo llevándome esta escultura a casa.
Ella mantuvo una mirada neutral. Me resultaba difícil leerla: No sabía en qué estaría pensando.
-¿Por qué no?
-Porque…se parece demasiado a mí. Y yo no quiero en casa una escultura tan parecida a mí. Es incómodo.

Ella sonrió. Supe que le dolía, pero me sorprendió la entereza con la que se lo había tomado. Quizás, porque eso significaba que esa respuesta se la habían dado demasiadas veces.
-No importa- me dijo- Al menos, durante el tiempo que te he esculpido con o sin tu presencia, me he sentido acompañada.
-¿Por qué lo haces? ¿Por qué esculpes a la gente?
Lo pregunté, ambos sabíamos la respuesta, pero quería escucharla:
-Porque me siento sola.

Fue un año después de aquello, más o menos, cuando murió Jero de un accidente, un pescador que siempre iba a buscar truchas en alta mar, pero siempre volvía con las manos vacías.
Me parecía un poco hipócrita ir al funeral de alguien que no conocía solo porque pertenecía al pueblo, así que no estuve presente en el entierro. Pero la casualidad quiso que un día,  un imprevisto me desviara de mi ruta habitual y pasase por el cementerio, viendo al lado de su nicho, su escultura.

Había sido creada por ella, sin ninguna duda. No sé si antes o después de la mía, pero que era de ella, estaba claro.

A medida que pasaban los años, las décadas, y ciertos hombres iban falleciendo; al poco tiempo una escultura aparecía a su lado. Hubo mucho revuelo y algunas discusiones sobre si quitar o no quitar esas esculturas que resultaban francamente incómodas, se volvieron tema habitual. “Es como si mi hermano estuviese vivo, pero muerto a la vez” decía una. “Ocupa demasiado espacio en el cementerio” decía otro. Pero no sé ni cómo, al final, siempre se acababan quedando. Por eso tuvieron que hacer ampliaciones en el cementerio y la gente acabó tomándose esto como un juego macabro ¿Este entierro tendrá o no tendrá escultura posterior?

-¿Por qué nos cuentas esta historia, abuelo?
-No sé cuánto me quedará, pero no mucho, imagino. Vamos, por mí viviría hasta los 200 años, pero seamos realistas. Quiero regresar al pueblo, al cementerio de las esculturas.
-¿Quieres morir allí para ser inmortal con una escultura, tal como te prometió la escultora que serías?
-No, claro que no, menudo disparate. Quiero descubrir si sigue viva. Y lo más importante: quiero y espero descubrir que en mi ausencia alguien, por fin, la ha hecho sentir inmortal.10339780_991720100848553_7929600450291908921_n

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3 comentarios en “Inmortal

  1. Esto se parece a un relato del protagonista inmortal Kaim Argonar del videojuego Lost Oddysey… El 21 de Noviembre de 2007 se publicó un libro de historias cortas basadas en el personaje principal, Kaim, que fue distribuido en Japón, titulado He Who Journeys Eternity: Lost Odyssey: A Thousand Years of Dreams (永遠を旅する者 ロストオデッセイ 千年の夢, Eien o tabisuru mono Rosuto Odessei sennen no yume). Recoje los 31 sueños del juego y añade 3 más. Un total de 34. El primero de todos, para recordarlo: La Partida de Hanna https://www.youtube.com/watch?v=rt567BCN-fo

  2. ¿Quién es objeto de las lágrimas? ¿El frágil ser de salud y pura inocencia a punto de morir? ¿El aguerrido guerrero insensible maldito con la inmortalidad pero que al despedirse de ella reencentra su propia humanidad… y su soledad eterna?

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