Norma

-¡Eh, usted!
El señor de traje marrón frena en seco. Mierda: sabía que esto pasaría tarde o temprano.
-Doctor Daniel Hernández, de Oncología.
-…Tanto gusto.
Se establece un silencio entre ambos.
-¿No se va a presentar?
-Ramiro. ¿Debo decir mi apellido también, como en las películas americanas?
-No, por favor-no puede contener una ligera risa-no es necesario.
Nuevo silencio incómodo.

-Verá-el médico es inmune a estos silencios. Desgraciadamente convive con ellos a diario- no he podido evitar fijarme en que lleva unos meses paseándose por la planta. Tiene un mismo ritual: va hacia un paciente que se encuentra en estado grave y se pone a charlar con él o con sus familiares. Cada semana, uno diferente. Les habla de su hijo enfermo de un gran mal y escucha en silencio lo que los demás tienen que decir. No siempre ha sido porque le he pillado: algunos familiares me han hablado de usted. Poco a poco se ha ido labrando una fama.
-Vaya, no tenía ni idea de que fuese famoso por aquí.
-Más de lo que se imagina. Y la gente acaba muy reconfortada desde que está aquí. Acaban de mejor humor y vuelven a sonreír.
-Ya.
-Pero, lo más asombroso- continúa-es que absolutamente todos los pacientes que ha visitado se han curado. ¿Es usted alguna clase de santo o similar?
-¿Es una pregunta retórica o debo responder a eso?
-¡No, hombre, no!- no puede evitar volver a reír-está claro que se debe a una bendita casualidad. Soy un hombre de ciencia, compréndame. Pero me parece muy amable por su parte el tiempo dedicado a esas personas que necesitan consuelo.
-No lo crea.
-La cosa…Es que hay algo que no encaja.
-Siempre hay cosas que no encajan, aunque nos neguemos a admitirlo.
-Discrepo. Simplemente nos falta información. Y estoy seguro que en este caso sabrá darme la respuesta.

El hombre de traje marrón señala un paquete de tabaco.
-¿Podemos salir afuera un momento a que me encienda uno?
-Estoy de servicio ahora mismo: no me puedo pillar un descanso tan descarado, lo lamento.
-Entiendo-guarda el paquete de nuevo en su bolsillo- creo que sé exactamente lo que me va a decir. Y sí, se lo confirmo: nunca he tenido hijos.
-¿Por qué el engaño entonces, Ramiro?
– Visto lo visto, no me andaré con rodeos: No encuentro ningún lugar en el que pueda mostrar mi tristeza sin que note rechazo externo. Siempre tengo que estar de buen humor, decir chistes y ser jocoso y fuerte para que se me respete. Si pido un abrazo y digo que estoy triste, parezco débil. Pero aquí, no.
El médico se olía algo así.
-Me gusta estar en la planta de oncología porque es el único lugar que está cerca de mi casa en el que puedo estar triste y compartir mi tristeza sin que me vean como un bicho raro. Y, aunque no lo parezca, disfruto viendo a la gente tan triste. A veces voy al baño y me pongo a saltar de alegría al ver a gente llorando. Cuando salgo después de ver tanta tristeza, puedo afrontar el día a día con entusiasmo. Es mejor que un chute de heroína.

El médico se pregunta si es un buen momento para recomendar a este hombre a un buen psicólogo (o psiquiatra).
– A veces animo a que me cuenten detalles escabrosos de su malestar. Puedo saborear el pesar, puedo apreciar los matices de su angustia. Una sensación tan rara y hermosa como el diamante. El problema es lo efímero que resulta: al poco tiempo de desahogarse, esa persona encuentra motivos para sonreír. A lo largo de mi vida, la gente que ha estado conmigo acaba estando de mejor humor y su vida mejora. Sin excepción.
-Pero… Ramiro ¿Por qué está usted triste?
-Creí que lo había dejado claro: porque en mi entorno no hay nadie que aparentemente lo esté.

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