Nana

De donde yo vengo, todos nacemos con una guitarra. Su material puede variar, sus cuerdas ser más o menos frágiles, pero es un elemento muy importante. Es nuestra y de nadie más. Es lo primero que nos pertenece. Lo que nos identifica. Lo que nos une con nuestra alma; su representación. Y… Lo estrechamente relacionado con el amor. Todos se comunican por medio de ese elemento esencial.

Mi alma nació rota. Esa guitarra errada, por algún extraño motivo, se rompía con el simple roce de los dedos, emitiendo, antes de romperse, un desagradable tono desafinado que hacía fruncir ceños.

Mis padres, muy preocupados por mi futuro, por miedo a que no pudiese tener una vida con las mismas facilidades que los demás, llevaron mi guitarra a todos los artesanos del país. Pero todos dijeron lo mismo: esa guitarra tenía un mal no muy común y no podía arreglarse. Tendría que convivir con ello el resto de mi vida.

A la hora de tener una conversación, me resultaba todo muy complicado: todos hablaban cantando, acompañados de esas bellas notas de su guitarra. Cuando tocaban, creaban universos estrellados, fuegos fatuos, subían montañas…. Sentía que me estaba perdiendo cosas. Sentía que el círculo se cerraba. Y en parte….creo que quería que así fuese. Cada vez estaba más exhausta.

Entonces, aprendí el maravilloso mundo de escribir con pentagramas. Eso sí podía hacerlo.
La cosa cambió: muchísimas personas que no me conocían personalmente, parecían muy interesadas. Con mis dedos escribía hermosas sonatas y podía desnudar rincones del mundo. Mientras la gente estaba tremendamente enfrascada en mover sus dedos entre traste y traste para tener nuevas cosas que comunicar, yo había aprendido a admirar la música de elementos que no eran conscientes de ello. Creía que eso era verdaderamente mágico: la música sin intencionalidad, sin autoconcepto; aquella que se hizo porque era inerte. Quería creer que una parte de mí realmente era música.

El problema era cuando descubrían mi guitarra. Cuando tenía que enfrentarme a esos encuentros, pasar esa vergüenza, notar la incomodidad y el no saber cómo continuar después de esos halagos a mis escrituras. Se hacían muy evidentes los motivos.

En uno de los últimos encuentros, no pude aguantar más la incomodidad de no poder llegar al alma por los oídos y cogí mi guitarra, ese peso muerto, y la tiré con fuerza al suelo, con toda la rabia acumulada en juego. Y el sonido de ésta contra el mármol fue lo más impresionante jamás escuchado. La guitarra no solo no se rompió, sino que rebotó. Era de un material muy resistente. No lo sabía, pues jamás lo había comprobado.

La cogí  dubitativa. Empecé a golpearla muy suavemente al compás. Y eché en ella todas las frustraciones, todo el malestar, toda la soledad, todo el injusto trato. Y a medida que lo hacía, me sentía más fuerte. Mi reflejo dejó de ser una víctima invisible. Muchos pasaron de largo. La mayoría. Pero, hubo algunos que se pararon. Aquellos que como yo, alguna vez se habían parado a escuchar la música del goteo de un grifo o de una hoja cayendo al suelo. Habitantes buscadores de música en el rincón más pequeño, convirtiendo lo encontrado en algo mucho más grande.

NOTA de Ovejañil: Mi abuela materna es una de las personas más importantes de mi vida. Desde que era niña me contaba historias de personas pequeñas que hacían cosas grandes. Me contó cuentos con tono infantil como éste y cuando estaba triste porque sentía que no estaba a la altura de los demás, solo bastaba un par de palabras para notar que confiaba plenamente en mí.  Fue la primera persona que creyó en mí. Más incluso que mis padres, porque ellos estaban muchas veces ocupados intentando creer en ellos mismos.

La echo demasiado de menos. En ocasiones flaqueo y, aunque hay gente que me ayuda, no es su sonrisa, la que no dejaba lugar a la duda. Pero hay algo que me consuela: saber que en mi sangre esta una parte de ella. Y que mientras yo viva, no me abandonará.

Hoy necesitaba contar este relato predecible. No para vosotros, sino para mí misma. En ocasiones, lo importante no es que sepas el final. Tampoco es el proceso. Más de uno iba a decir el proceso ¿eh? Resabidillos….

 Lo importante es quién te lo cuenta y para qué.

Mi madre me leía el Gato con Botas cuando tenía 4 años para que me comiera las lentejas ¿Ves? Eso es un ejemplo de como un cuento está mal empleado. ¡Qué asquerosas estaban esas lentejas, por favor! 😉 

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