Historia

Nacimos siendo responsables de la efectividad de las plegarias ajenas. Con capacidades divinas que ignoramos. Y es que no nos damos cuenta de que cada pequeño acto puede desencadenar un sin fin de consecuencias. Cambiar la vida de una persona. O la de dos. O la de ninguna, que eso resulta algo indudablemente increíble.

Anoche, mientras esperaba el bus, robaron nuestro libro. Aquel que me regalaste sin apenas conocerme, el de segunda mano que no tenía en la tapa título alguno.
La gente roba cosas sin saber su memoria. La gente no conoce más memoria que la suya propia y, a veces, ni eso. El resto son complementos para tender sus propios deseos, miedos e indiferencias al sol.

Ayer robaron tu olor. Lo poco que me quedaba de ti.

Si se me hubiese olvidado en uno de mis viajes por trabajo, lo hubiese entendido. Al igual que si por un descuido lo tirara en la papelera con restos de papeles inservibles.

Pero el saber que a otra persona le parecería divertido esto, que reiría hasta la tos por mi aparente estupidez de no vigilar mis pertenencias (algo que toda madre enseña a su hijo tempranamente si se vive en ciudad) me llenaba de impotencia. Tanto poder en un simple movimiento hábil de manos. Como un “inocente” acto podía llenarme de tanto vacío.

Ese libro ha sido mi compañía de viaje estos dos últimos años. Dos. No llegó a más de ese número. Y no pudo volver a uno porque de lo que se construye, toda posterior ruina balbucea escombros.

Jamás pude leerlo. Porque no era nuestra narración. Era la narración que nos contábamos mientras no pasaba realmente nada. Era una ficción que sabía que cuando la leyese, se acabaría todo. Y quería mantener la ilusión de no saber cuál sería el final. Porque la ilusión más pura es la que jamás se cuenta, ni siquiera con los ojos cerrados.  Hasta que el papel fuese polvo. O hasta que el eterno dolor impulsado por una ausencia que se subió desde el capítulo dos, decidiese saltar.

Sabía en secreto que seguiría presa de su implicación por incontable tiempo. Que cada día me levantaría con la ilusión de que mis dedos dejaran de sangrar entre página y página, y me toparía una vez más con sangre vieja y nueva, sumadas en un apretón de manos.

Anoche una persona tuvo la inverosímil capacidad de arrebatarme el único recuerdo tangible de una diosa. Y me sentí impotente. Enfadado. Angustiado. Porque una vez más, el exterior consiguió algo que yo nunca fui capaz: el darme la oportunidad de tocar una nueva historia.

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