Laberinto

Mares de discordia se extendían a lo largo de la sala. Los desfigurados aumentaban, una auténtica plaga, aunque cada uno de ellos no parecía consciente del resto, tan solo de su condición particular. Se tropezaban los unos con los otros, gemían levemente, creando un murmullo global que no hacía más que taladrarle los oídos. El color de la piel de algunos desfigurados había cambiado. Ya no eran ni una sombra de su imagen al entrar. Era irónico como la búsqueda de comprensión de todos ellos, había tenido tan fatal desenlace. Cuando nos acercamos a conceptos abstractos como la comprensión, el honor y el reconocimiento, tendemos a desear poner una banderita en lo alto de un montículo y decir “aquí”, acompañado con el sonido de una trompeta anunciadora. Solo con la intención de poblar el desierto. Y funciona. O esa es la sensación.

Pero lo que empezó siendo una llamada a la esperanza era ahora un cántico a la desesperación. Monstruoso. Edduard se había puesto la capucha de su sudadera tan pronto empezó a observar los primeros síntomas generalizadores del resto, como aquellos que se protegen de los sonidos anunciadores de una guerra tapándose la cabeza con las sábanas de su cama. Chocarse con ellos era un ejercicio inevitable, que le quemaba la conciencia, le mareaba la razón, le impedía correr, gritar, temblar.

Y allí estaba. ¿Era ella? Era difícil de reconocer. Pero sí, no cabía duda. A lo lejos. Adela. ¡También a ella! Su melódica voz había pasado a ser un conjunto de gruñidos cavernosos de pasillo y su piel tersa ahora era aspereza inhóspita. “Perdóname, Adela” se dijo Edduard “Yo te he metido en todo esto”. La culpa que él sentía no le deja salir ni huir, no le dejaba darse la vuelta y no volver la vista atrás. No del todo. Adela era su llave. Aunque no su cerradura.

Ella se percató de su presencia. No se movió. Lo miró fijamente. A través de la capucha, de sus invisibles y visibles escudos ¿Qué decían sus ojos? Se maldijo ser tan egoísta como recurso habitual para nunca haber aprendido a leer las miradas, cosa que ahora le hacía tanta falta.

Una opción que tenía era cogerla de la mano y sacarla de allí, como esas películas de romance forzado, con una maniquea música laitmotiv. Pero ¿Ella se dejaría, se tragaría semejante escena? Maldita la hora en la que tuvo que conocer a una persona amante de las causas justas, de la moralidad de los cuentos de hadas, esa de los paladines medievales desinteresados. Y de la verdad. ¡Ay! La Verdad.

Edduard suspiró con cansancio. La única manera de acabar con todo esto estaba claro desde un principio, pero implicaba cavar su propia tumba. Una pala con forma de micrófono, un ruedo con forma de escenario vacío, que no dudaría en llenarse de leones en cuanto él llenase el poco aire respirable con su confesión. Antes de poder terminar de plantear un procedimiento mental detallado, ya tenía el micrófono en sus manos y, como si se tratase de un elemento de máximo poder, todas las miradas se posaron en él, incluso aquellas cuyos ojos apenas podían abrirse.

-Me llamo Edduard. Soy cocinero desde hará unos 3 años. Mi especialidad es la repostería. Tuve el encargo de venir a este evento. Sabía que una persona importante para mí vendría, lo que me animó aún más a aceptar la oferta. Pero me dieron una receta simple. Muy simple. Y me sentí totalmente insultado por ello. Así que desobedecí, porque no tenía ni idea.

Notaba como la atención de su desfigurado público iba disminuyendo. Irse por las ramas no era la solución.

-¡Eh!

Algunos ya se habían dado la vuelta, incluso ¿Qué falta de respeto era esa?

-¡Yo puse frutos secos en las galletas de bienvenida!

Silencio intenso. Se mantuvo durante varios segundos, hasta que se hizo añicos con la intervención de uno de los desfigurados, que no parecía estar tan mal como para no poder hablar:

-¡Valiente hijo de puta! ¿No te diste cuenta del tema de esta reunión? ¿Eso de Fiesta Anual por los afectados por Alergias Alimentarias no significa nada para ti?

-No tenía ni idea del motivo. A mí solo me dijeron que era la Fiesta Anual de las AA. Podría significar cualquier cosa…

-Tu cara sí se va a convertir en cualquier cosa en cuanto te la rompa.

La violencia verbal y amenazas se hizo patente al momento.

-Estoy aquí- Edduard hablaba despacio y muy alto, haciéndose escuchar entre todo el descontento general – porque me comprometo a pagar todo el tratamiento necesario y todos los cuidados para paliar este problema. De todos. Os lo debo.

No pudo evitar mirar fijamente a Adela, que no parecía sorprendida por la situación, ella sabía perfectamente lo que había pasado. Ahora sonreía ligeramente. ¿Que si todo esto era un hipócrita acto desinteresado de heroísmo para salvar en realidad la imagen que tenía ella de él? Evidentemente. Ni él era un santo ni esto era una película infantil. Pero ¿Qué importaba eso ahora?

Él mantuvo la mirada, ahora amable, que ella le proporcionaba… Hasta que 15 personas se le lanzaron encima violentamente, como jugadores de rugby.

Pero él había salido. Posiblemente con más costillas rotas que euros en su cuenta bancaria después de pagar a toda esa gente. Pero lo había hecho.


NOTA de Ovejañil: Este texto fue creado para un ejercicio de clase. Consistía en, a partir del concepto de laberinto, crear una historia.  En este caso, opté por un laberinto griego: son laberintos donde vislumbras fácilmente la salida, pero donde hay un obstáculo en el centro del mismo, por lo que es imprescindible enfrentarse a él para salir. Un ejemplo sería el laberinto del Minotauro. 

Al leer este texto en clase tuve críticas constructivas, que paso a citar a continuación:

El principio: me dijeron algunos que el comienzo del relato era un poco inhóspito: empezaba de forma poco amena y recargada y desalentaba continuar la lectura, por falta de empatía. La parte que más gustó fue el cambio de tono, cuando la confesión rompe el ambiente para meternos en una realidad más cotidiana. Una presentación más temprana del personaje con algún motivo que nos cree familiaridad ayudaría. 

El género: Descoloca que en un principio parece género fantástico y luego se convierta en algo realista. Es como jugar con el lector. Este factor que lo consideraba positivo, al parecer, no lo es tanto. Aunque, reconozco que en ese sentido, no estoy de acuerdo: Comprendo que pueda el lector sentirse algo engañado y confuso, pero si con una segunda lectura, éste dice “Ah, coño, vale”, lo veo bien. Supongo que porque ocurre igual que muchos acontecimientos de la vida, que tienes que hacer una segunda lectura de tus vivencias para entender mejor lo que está pasando (eso o vivo en un mundo mental muy ajeno a todo XD).

Frases: Hay frases que gustaron mucho. Por ejemplo, esa de “Adela era la llave, pero no la cerradura”. Sin embargo, creo pocos nexos, dejo demasiadas pinceladas sueltas sin hilar, muchas migajas de pan a modo de pista, sin un sendero coherente. Supongo que abusé del recurso. 😛 

Pensaba corregir ciertas cosas antes de publicar este relato, pero decidí hacerlo así porque me parece muy interesante que se vea desde dentro el proceso creativo individual vs proceso creativo colectivo. 

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