Conexión (Parte I)

 

¡Era un milagro!

Jorge había dejado esa asquerosa camiseta descolorida con la que indirectamente se autocompadecía de su situación y estaba… radiante. Sí, no se me ocurre una palabra mejor para definirlo. ¿Era…? ¡Sí! Joder, si hasta se había puesto colonia. ¿A qué se debía ese repentino cambio?

-Te veo muy… bien. -tenía miedo de que cualquier palabra que dijese resultase poco apropiada. Estaba tan susceptible últimamente…

-Y tan bien. He encontrado algo que ha alegrado mi día. Siento que la suerte me sonríe, que el mundo vuelve a estar de mi parte- sonrisa de oreja a oreja. Dios, qué feliz era yo con aquello.

-¿Y qué es exactamente?

-Sígueme.

La casa de Jorge siempre me resulta monstruosamente inmensa, da igual cuántas veces la vea. Demasiado grande para una sola persona. Él decía que una pared no era lo suficientemente grande cuando tienes suficientes recuerdos para colgar o adornar en ellas. Una casa dominada por instantáneas y recuerdos fugaces, que se agarraban a un buen número de clavos.  Pero el esfuerzo de Jorge por borrar su pasado era evidente:  Ver aquellas paredes vacías hacían empequeñecer a uno.  Pero no iba a ser yo la que intentase interferir con aquello. Solo podía notar el paso menguante, asumiendo el ser pasiva. No volvería a cagarla de nuevo.
Llegamos al despacho y me enseña un elemento alargado y delgado, envuelto en una tela de seda amarilla, con motivos decorativos rojos.

-La tela es solo para conservarlo mejor- aclara-pero digamos que lo que hay en su interior me ha cambiado mi visión de la vida misma.

-¿Quieres dejar de hacerte el maldito interesante y enseñar eso de una vez?-aunque parezca que lo haya dicho enfadada, estaba eufórica por ese entusiasmo que impregnaba con cada palabra, que conste.

Lo desenvuelve. Lo miro. Le miro. Una caña de bambú. Y ya.

-Es…bonita- joder, Meg, no la cagues, no la cagues.

-Jajaja, dilo tranquilamente. “¿Qué mierdas es esto, Jorge?” Sé tú misma, que no me voy a romper.

Dudé sobre ello, pero no iba a decirlo ¿Verdad?

-¿Tiene esto que ver con tu retiro a Brasil?

-Sí. Con mi retiro y con Roger.

-Oh. -intenté no sonar desanimada, en serio. Pero mi decepción era evidente.

Roger.  Ese extraño hombre que salió de golpe en montón de fotos de Facebook de la antes abandonada cuenta de Jorge. ¿Era quizás el nuevo director de orquesta de su cotidianidad? ¿El nuevo mentor (otro más que atribuir a su extensa lista)? Menudo personaje había llegado a escoger esta vez: Un bufón con camisas estridentes que rondaba los 50, con su enrojecida cara resultado de una mezcla de insolación y alcohol. Dos palabras clave: hedonista y machista. La gente se enfada conmigo por ser demasiado susceptible a este tipo de cosas, pero un tipo en donde en el 80% de sus fotos sale al lado de mujeres en bikini y un puro, que solo le falta decir “ey nena, si te gustan los regalos, en mis pantalones lo tienes sembrado” no me parece el mejor ejemplo para una persona que está saliendo de la depresión. Sí, miré su cuenta de Facebook. Estaba abierta. No me juzguéis. ¡Eh!

-Fue la vez que me llevó a aquella fiesta.

-¿Cuál de todas?

-No hablo de juergas. La de los fuegos artificiales, esa que coincidió con la celebración de la patrona de una zona. La que te dije que uno de los fuegos se parecía a nuestra profesora de matemáticas de la ESO.

– Menudo pedal llevabas encima.

-Bueno, pero no todo fueron desvaríos. Estábamos cada uno con una copa…

-Y tú con la medicación.

-Para, Meg, déjame continuar.  Estábamos allí y él se puso serio. Me miró a los ojos y me dijo “tu problema es que piensas que estás solo y que debes de esforzarte porque las cosas tengan relación unas con otras. Es lo que le pasa a esta puta sociedad. Se creen que todo lo que han conseguido, todos los que han conocido, son producto de un esfuerzo individual. Y no es así. Y te diré más. Hay formas materiales de darse cuenta de ello. Algunas empíricamente claras”.

– ¿Que su borrachera conducía a la cirrosis? Clarísimo. Relación causa-efecto.

-Shhh… Yo también puse esa mirada, pero la ignoró, de la misma manera que ignoro la tuya. Y según me contó, hay diversos comportamientos que no vienen de casualidad, sino por influencias, de forma desconocida. No tenemos el control de todo y a su vez sí, si hayamos la clave.

-Jorge, no sé…

-Pero una conexión sí que era clara, y de hecho aparece en diversas escrituras de Asia.

-¿De qué parte?

-Ya ni me acuerdo. ¿De la India? ¿O era del Tibet? ¿O quizás…? ¡Pero qué importa eso! Joder, Meg, déjame acabar.

-Vale, vale.- me parecía que esta historia de Asia, una leyenda y cañas de bambú era el argumento de una peli familiar trillada de los 80. Solo faltaba que sacara de debajo de la cama un animalito que no pudiese comer ni bañarse después de las 12 de la noche.

-Dicha escritura habla de una fábula relacionada con el bambú y el gallo. Y tiene simbología. Los gallos y las cañas de bambú están relacionados.

Se hace un silencio. Creo que esperaba que le interrumpiese. Mala suerte, Jorge. Sé callarme cuando toca. ¡Ja!

-Es más: el canto del gallo está relacionado con la caña de bambú y el canto que se introduce en su interior. Y te diré aún mucho más. Cada caña de bambú tiene un gallo asignado. Y solo cuando el viento entra rápidamente por esa caña de bambú, el gallo siente la necesidad de cantar y lo hace. Siempre.

Esto había llegado muy lejos. Algo tenía que decir.

-Imaginación no le faltaba al hombre.

-Antes de que yo partiese de nuevo a España, él me regaló esta caña de bambú, con la tela. Una especie de recordatorio de la noche o de amuleto para subir la confianza en el mundo que me rodeaba, supongo.

-A veces es bueno tener fe en ciertas cosas, partiendo de metáforas.

– Ya. Pero ¿Sabes lo que pasa? Que no era una metáfora. Meg…¡Es real!

Ahí es cuando entré en pánico. Madre mía, Pedro tenía razón. La única manera de que Jorge mejorase por sí mismo era perder la noción de la realidad como tal. No pude evitar notar como mis manos me sudaban a mares. Disimuladamente me las sequé en la parte trasera del pantalón.

-Vale, ahora es cuando piensas que estoy como una cabra y disimuladamente llamas a un loquero. Yo al principio, también pensé que todo era patraña. Pero recientemente, se me ocurrió recorrer varias granjas de gallos…

Mientras va diciéndome estas palabras, me coge de la mano y me saca de la habitación con la caña de bambú en la otra mano.

-Jorge. No me dirás que…

-…Y cantar por el orificio de la caña de bambú cerca de todos los gallos, a ver si alguno cantaba tras hacerlo.

-A ver, no me digas más.- le suelto la mano. Hemos caminado hasta salir de la casa.-Encontraste el gallo.

– Justo. -me señala la puerta del garaje.

-Madre mía. Dime que no lo has robado y que fue una compra.

-Qué importa eso. Detalles. Siempre te lías con los detalles y no ves el grueso del asunto.

Abre la puerta del garaje. El gallo está silencioso en una jaula.

-Lo que dices no tiene sentido. Los animales actúan en función de lo que ven en su entorno. Si hay un peligro, pues hacen ruido, por ejemplo.

-Quizás , a la vez que a través de la caña de bambú se cuela el sonido. Como si uno fuese el espejo del otro.

-Esto es una locura, esto es…

Jorge canta una melodía por la caña de bambú (una canción que solíamos cantar hace años en sábados de borrachera, supongo que para intentar aumentar mi atención, que ligeramente se iba desviando) y ocurrió: el gallo emite un cacareo. Me río ligeramente, a pesar de lo desconcertante del asunto: el gallo canta mejor que él, con un par de cervezas, hubiese sido una broma divertida.

Lo hace repetidas veces, y el gallo acompaña al unisono. Increíble.

– A lo mejor es un gallo amaestrado.

-No, para nada. Lo he probado con una grabadora en el garaje y cantado por el orificio del bambú en diferentes sitios. Siempre el mismo resultado. ¡Y hasta el gallo varía el ritmo del cacareo, dependiendo la canción! ¡He encontrado la conexión, Meg! ¿No lo ves? He visto la caña de bambú que conecta con el gallo. Roger tenía razón. ¡Existen las conexiones!

Estaba flipando.

-Y si esto ocurre con un gallo, con el resto del mundo es igual.

-¿Qué coño me estás queriendo decir? ¿Que todo lo que nosotros hacemos es producto de gente berreando en cañas de bambú, flautas dulces o alguna que otra pollada?

-Relájate, Meg. No entiendo por qué te pones de esa manera.

-¿Sabes lo que creo? Que quieres pensar que lo que pasó fue producto de algo del Universo que obligó que ocurriese, librándote de toda responsabilidad. Vale, si quieres pensar eso, adelante.

-El gallo no es pasivo, Meg. No es que yo le obligue a hacer cosas. Es que justo cuando yo tengo necesidad de cantar, el gallo tiene necesidad de hacer lo mismo. No se sabe quién tiene relación con qué. ¿No lo entiendes? En el mismo momento en el que hacemos una acción, otro ser tiene la necesidad imperiosa de hacer otra. ¿No te das cuenta las implicaciones?

Esto no podía acabar bien, lo presentía.

                                                                                                                                         CONTINUARÁ.

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Un buen amigo y yo nos hemos propuesto un juego: a partir de una palabra clave, cada uno tiene que escribir un relato en su blog. Como se me estaba haciendo un poco largo y quería publicarlo hoy (porque he demorado demasiado esta publicación),  he decidido dividirlo en dos partes. Más adelante publicaré el final. ¿La palabra clave? Caña de bambú. Es lo que tiene cuando cenas en un chino ¡Ah! http://danimisionexpresarme.blogspot.com.es/ 
Que esto no tiene sentido si no pongo el enlace. Él me promocionó en su momento. Va siendo hora de devolverle el favor.   🙂  

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