Conexión (Parte II)

(IMPORTANTE: He cambiado ligeramente la parte anterior. Es necesario releerla para que cierto detalle adquiera sentido). 

Observé aquel gallo. ¿Tenía algo de especial? Nunca había profundizado sobre un animal de granja, de ninguna índole. Sí, tenía amigos ecologistas, veganos, amigos que trabajaban en pro de los derechos del reino animal…pero siempre fui más de teorías que de actos. Supongo que mi educación tuvo algo que ver con ello.

El animal no parecía darse cuenta de que estaba siendo partícipe de algo extraño. O no: quizás precisamente éramos testigos de algo habitual que desconocíamos.

Observando esa mirada saltona, arrastré mis palabras:

-Y… ¿Qué implicaciones tiene todo esto, si se puede saber?

Por favor, Jorge. No lo digas. No caigas en ello…

-Encontrar mi vinculación con alguien. Puede que alguien ahora mismo se sienta tan solo como yo.

¡Ahí lo tenemos, damas y caballeros! La Esperada, la Única, una de las inquietudes más famosas del planeta, la diosa de la literatura: La Señorita Soledad. Promotora de muchas religiones y patrocinadora de gran cantidad de productos farmacológicos. ¡Un aplauso para ella!

-¿Cómo piensas hacer eso? ¿Aún con esas historias de la media naranja, el medio melón o como coño quieras llamarlo?

-El bambú y el gallo les une el canto, en diferentes lugares. Eso lo podemos llevar a otros terrenos: En el mundo debe haber alguien que, cuando me sienta solo, esa persona también lo esté. La sensación de desamparo estará conectada. Y, por lógica, si ambos estuvieran juntos, no habría hueco para la soledad. Eso significa que, a través de encontrar una persona que se sienta sola en los mismos momentos que yo, encontraré una conexión fuerte. Además – su mirada inevitablemente se oscurece- será una garantía de que no ocurra lo mismo que pasó esta última vez.

-Hablas de los cuernos.- rápidamente intento desviar un poco la atención de la conversación a otro punto- Pero no tienes ninguna pista. ¿Y si no es una persona? ¿Y si el sentimiento es un tanto diferente? Tú no cantas igual que un gallo y ya ves.

-Pero hay aproximaciones. Con eso me vale.

– Vale, vale ¿Y si los dos son los únicos que se relacionan entre ellos? Estás cayendo en el error de generalizar y aplicarle un don a absolutamente todo por un caso concreto.

-Tengo que intentarlo. Tengo que buscar más información. Pero le encontraré. No descansaré hasta conseguirlo.

Quizás era bueno que pensase eso. Quizás ese motor esperanzador le hacía volver a su rutina diaria, una rutina de hábitos saludables. Pero, a la vez, era probable que fuese una manera de obsesionarse. El comienzo de una nueva pesadilla. Definitivamente Jorge era el espécimen perfecto para una secta que promociona un suicidio colectivo. Estaba claro:  Esta fijación a Jorge no le venía nada bien. Tenía que hacer algo.  Una idea sombría me vino a la cabeza. ¿Lo hacía? ¿No lo hacía? Sí. Lo siento, Jorge.

-Espera, espera… ¡Meg! ¿Qué estás haciendo? ¡Meg suelta eso! ¡Meg, ni se te ocurra!

Ya le había quitado la caña de bambú. Sabía que hacer con ella. No fue tan difícil como pensaba: en menos de diez segundos esa caña estaba partida en dos, tras atizarla contra la contra la mesa de herramientas.  Jorge se abalanzó encima mía intentando impedirlo. Muy tarde.

Asustado, Jorge cantó.

Un villancico.

Una canción de cuna.

El himno del Barcelona.

El himno del Real Madrid (puede que fuera una cuestión partidista).

A uno de los trozos de la caña. Al otro. Unió los dos sujetándolo con las manos e hizo lo mismo.

Nada.

Pero entonces, sí hubo un canto, cuando la garganta de Jorge estaba exhausta: El gallo.

El gallo cantó de forma caprichosa. El Pavarotti de los gallos.  Jorge temblaba. Miró al gallo atónito.

-A lo mejor…-la voz de Jorge era tan baja que tenía que hacer un esfuerzo para entenderle – cuando una caña se rompe, otra surge en algún lado. Eso sería esperanzador para cuando se muere tu ser amado, saber que hay otro en algún lugar del mundo ¿Verdad?

-Eso no lo puedes saber, Jorge – dije.

-Porque…no es posible que esa persona que tenga conexión se haya muerto y ya no pueda encontrarla…no puede ser posible que mi soledad sea solo mi soledad. No puede ser.

-Deberías no obsesionarte con ello y seguir viviendo. Pensar en las cosas buenas de la vida.

-Este gallo ya no lo necesito. Odio a este montón de plumas. Eras mío, gallo asqueroso.

El gallo seguía cacareando. ¿Por qué estaba tan alterado?

-Noto cómo se burla de mí. ¡Cállate, imbécil! – veo que se acerca al gallo con violencia.

-Espera, Jorge ¿Qué vas a hacer?

-Ya que tienes la decencia de arruinarme la esperanza porque te gusta, yo acabaré tu trabajo, Meg.

-¿Vas a matar al gallo?

-Tranquila, se matan gallos todos los  días, mi abuela lo hacía. Retorcer pescuezo y a otra cosa. No creo que eso implique la muerte de un gatito en otra parte del mundo. O quizás sí. Qué importa.

-¡Recapacita!

¿Recordáis que os había dicho que nunca se había despertado en mí inquietud alguna de animalista? Pues puede que tanto amigo por ese rumbo me afectara de golpe a lo erupción volcánica porque, antes de que pudiera darme cuenta, había cogido la jaula con el gallo y había salido corriendo. No tenía sentido: todos los días mataban gallos. Pero supongo que no de la forma que lo iba a hacer Jorge. No sé. Fue todo tan instintivo.. Para mi sorpresa, Jorge me siguió a gran velocidad, con cara de loco, así que aceleré porque, coño, poner cara de Jack Nicholson en el Resplandor no invita a un abrazo, precisamente. Me metí en el coche sin pensarlo, arranqué (no tuve problemas para poner el coche en marcha, no estábamos en una peli de terror persecutoria) y aceleré a toda hostia.

Así que, 10 minutos después, allí estábamos los dos: El gallo en el asiento del copiloto y yo, preguntándome qué coño acababa de pasar. Volví a mirar al gallo, de reojo: era triste que fuese más atractivo que alguna de las citas anteriores que habían estado en ese asiento recientemente. Sonreí al gallo por cómo había acabado la noche.

Decidí que me lo quedaría hasta encontrarle un dueño. Alguno que posiblemente lo acabaría matando para ponerlo encima de una mesa. Lo cierto es que mi reacción había sido ridícula. Todo lo que había hecho había sido ridículo. Al igual que haberle confesado a Jorge que había visto a su novio Alberto morreándose con otro en uno de los tantos bares de Malasaña. Vaya manera de entrometerme Sí, quizás necesario, pero Jorge no estaba en su mejor momento para yo haberle soltado la bomba.

Aún a riesgo de que fuese Jorge a buscarme, fui a mi casa. Una vez dentro, extendí mis brazos, desperezándome. Dios qué sueño tenía. Miré al gallo mientras lo hacía y me di cuenta.. de que estaba extendiendo las alas.

Reí un poco. Volví a extender los brazos…el gallo volvió a extender las alas. Me puse seria. Dejé la jaula en la cocina. Me fui a la cama. Definitivamente regalaría ese gallo a alguien a la mañana siguiente. Lo quería bien lejos. Maldito gallo.

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NOTA de Ovejañil.

A algunos les resultará una pesadez estas notas que explican el proceso creativo, así que podéis dar un brinco al siguiente texto, sin problema (como si yo tuviese voluntad de obligaros a algo :P). 

Me ha costado terminar este relato un pelín más de lo esperado. El problema que hay cuando partes de la idea estrafalaria (relacionar bambú con gallo en estímulo-respuesta) en lugar de en los personajes que participan (Jorge y Meg), es que a veces debes esforzarte por crear verosimilitud en las motivaciones de los personajes.

 El motivo principal fue que partí de una premisa fangosa: en la Parte I, antes de su corrección, el canto del gallo se relacionaba con un soplido a la caña de bambú. Eso hacía que hubiese más diferencias entre estímulos. Así pues, la motivación de Jorge era diferente, no buscaba omitir la soledad buscando alguien en su misma condición: buscaba hallar una forma de omitir el sentimiento de soledad basado en la posesión de el otro elemento relacionado (como quién se toma pastillas antidepresivas o algo así). Ya que omitir la soledad por las formas tradicionales hasta ahora era complicado para él, buscaba una fórmula mágica alternativa, que no necesariamente se traduce en una compañía concreta.  Pero no me terminaba de convencer. Me parecía cojo.  Tenía aún menos pistas, demasiados estímulos en el mundo. Algo que se puede relacionar con cualquier cosa, con cualquier forma. Jorge es soñador, pero la cantidad de posibilidades abiertas era un despropósito.

También pensé en que fuese una toma de poder “ya que nadie me hace caso, al menos tengo control sobre este gallo” no buscando nada más allá, pero me parecía simplista. Además, no era correcto: no era una cuestión de dominio de uno y otro: era más interesante un paralelismo; no saber qué fue primero, el huevo o la gallina. 
 
De la misma forma, la palabra “conexión” me recordaba más a esa obsesión creciente porque las personas tengan puntos en común con otras, estén en el lugar del mundo en el que estén, buscar a alguien que te garantice que siente exactamente igual que tú, en esa lucha por ver si la proporción de un sentimiento entre ambas es la misma. Puede ser amor, puede ser tristeza, puede ser soledad…o su ausencia.

Una cuestión interesante: que Jorge encontrara esa persona con la que compartiera esa soledad paralela (y a la vez su ausencia). Pero que al estar juntas…ambos siguiesen sintiéndose solos. Después de todo, esa semejanza, no garantizaba nada. Sería una putada. ¿No lo crees, Jorge?

 

 

 

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