Mateo

A ella le gustaba usar sandalias en verano para tener la oportunidad de descalzarse al coger el metro. Todo formaba parte de un ritual en el que, tras desnudar sus pies, tener la ventana abierta a un código diferente: una interconexión entre el mundo de las imágenes y el mundo de las palabras.

Abrió la pequeña libreta y buscó una nueva página en blanco, para que los recuerdos de palabras anteriores residentes no cuchichearan a espaldas de las palabras recién llegadas. Y observó su entorno. Su inspiración: las personas.

Le gustaba elegir una persona al azar e intentar notar si desprendía algún tipo de color, sensación, textura. Ver como su figura se movía por el traqueteo del vagón. Y, tras este análisis, escribir siete palabras.

Era una gran responsabilidad, porque no es elegir las primeras siete palabras que te vengan. Es crear una relevancia, algo que, al unir este conjunto de ideas, como una fórmula matemática, puedas obtener un esbozo de cómo es la persona, igual que esos toques de pintura rápidos que desprende el impresionismo. Que nunca se mezclan, pero que son imprescindibles cada uno de ellos.

Cuando hay una “ella” en un sitio como el metro, existe una alta probabilidad de que haya otras “ella”. Y esta no era una excepción.

La segunda “ella” tenía el pelo negro azabache, corto y áspero; y unos ojos redondos y negros, algo saltones. El resto se difuminaba en un conjunto de elementos típicos que no parecían sobresalir de la multitud. Era humo de cigarrillo en mitad de la niebla.

-Eres Maribel- afirmó la chica de ojos negros mirando a la buscadora de palabras.

Maribel la miró fijamente, sorprendida, pero enseguida sonrió. Le resultó simpático la manera en la que olvidaba muchas veces su propia existencia cuando los demás ocupaban la totalidad de sus pensamientos. Ella se convertía en un mapa dialéctico. ¡Qué maravillosa capacidad plástica de transformación puede obrar nuestro cerebro!

-Me conoces- era una pregunta, pero Maribel también lo decía con cierta admiración.

-Eres poeta. Imagino que más gente te conoce. No creo que sea la primera que te haya reconocido – cuando bajaba la mirada, aquella chica parecía que se desparramaba en pequeños fragmentos, como perlas de un collar roto.

-Solo soy reconocida en mi pequeño sector. Pero la poesía española de jóvenes autores no es un tema que esté en boca de muchos.  Aunque quiero pensar de que eso va a cambiar ¡Maribel ha hablado!- jugueteó con su sonrisa, intentando sacar su lado divertido.

-En realidad te conozco a raíz de alguien que conoces. Mateo Abelar.

Mateo. Cómo no. Era como si esa desconocida hubiese de golpe agarrado con su red esas noches de intimidad y risas en el sofá de la casa de él.  Esos paseos en los que ella, con una bufanda de lana que le tapaba una parte importante de la cara, observaba su delgada figura, siempre menos abrigada de lo que debería, quejarse continuamente de que debería haber una máquina que controlase el clima en el mundo, en lugar de se desperdiciarse tanto tiempo en crear minijuegos para móviles. Esas confesiones… Y todo lo demás.

-¿De qué conoces a Mateo? – Maribel intentó sonar más cordial que cómplice.

-Fue uno de esos encuentros que surgen por una casualidad buscada. Pero… para Mateo fue una simple casualidad. Y me lo recalcó de muchas formas en solo 24 horas, para que no me quedase ninguna duda.

Ambas se miraron. Los ojos de aquella conocida desconocida taladraban sus pensamientos sin piedad. Daba la sensación de que intentaba, con su determinación silenciosa, recoger los materiales preciosos de una mina de la que solo había escuchado ruinosos rumores. Lo interesante de todo esto es que Maribel desconocía cuál era ese material tan supuestamente atrayente para la chica de ojos grandes, que no hubiese visto Maribel cada día al mirarse al espejo.

El metro avisó de su próxima parada, con voz monocorde, de la misma manera que avisó sin palabras a la chica de ojos grandes que no lograría nada aunque lo intentase con todas sus fuerzas.

-Ésta es mi parada. – la amplia sonrisa de esa chica le achicó los ojos hasta ser casi dos líneas – ha sido un placer conocerte. Sigue así.

Una retirada. La posibilidad que una cara, un conjunto de expresiones sutiles, una vida, jamás vuelva a aparecer. Jamás.

-¡Espera! ¿Cómo te llamas? Así le digo a Mateo la próxima vez que le vea, que te he visto.

Ella, que ya había salido del metro, no dudo en volverse. Su mirada era de extrañeza. Luego sonrió, como esas mujeres deseosas de tener un hijo que se pasan el día sonriendo a los ajenos.

– ¡Mi nombre no importa! ¡Ni en esta conversación ni en las suyas! ¡Hazle a él ese favor!

Maribel hizo el amago de levantarse, pero las puertas se cerraron de golpe.

Por una de las ventanillas pudo comprobar como esa chica desaparecía al doblar hacia la izquierda, sin echar la vista atrás ni un momento.

Intentó retener la imagen de esa “ella” en la cabeza. Siete palabras.

Búho 

Le recordaba a ese animal nocturno. Por sus ojos,actitud, color… ¿Algo más?

Búho
Dolor

No, no. No exactamente.

Búho
Mateo

Y ahí se quedó.

El impresionismo juega con la inmediatez del momento, con los colores, con lo que te trasmite. Pero también con la distancia. Si ves un cuadro impresionista demasiado cerca, nada te dice.  Quizás por eso, Maribel siempre elegía personas que estaban a una distancia prudencial. Y esa chica se había acercado demasiado… a pesar de que sus pieles nunca se llegaron a rozar.
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NOTA DE OVEJAÑIL: Hoy quise escribir un relato basado en sensaciones. Donde no tuviesen que pasar grandes acontecimientos, pero que cada pequeña acción diese cuerpo e importancia. Y, de paso, hacer un guiño a un concepto que amé de una de mis películas favoritas (Los amantes del Círculo Polar): La casualidad.  🙂 

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