Posición

Tengo una teoría. No puede gustarte una cosa verdaderamente si no te llega a disgustar otra. Es más: aquellos que dicen que les gusta absolutamente todo sobre un ámbito, lo traduzco como que todo les da igual. Pues creo que la intensidad de una emoción, de una elección, de una sensación, reside en el conocimiento del contrario.

Lo que pasa es que tengo un problema. Demasiadas cosas existentes las amo y las odio a la vez. Quizás por diferentes motivos pero, en suma, cada elemento se compone de una parte que desearía tenerla siempre a mi lado y otra, que desearía convertirla en cenizas, con la mayor de las rabias.

¿Queréis ejemplos? Pongamos algunos típicos, de esos que tanto se hablan a la hora de posicionarse jovialmente, sin tampoco llegar a un alto compromiso. Sí, del estilo de monte o playa, noche o día, Mac o Android (no, quizás éste último pueda crear más de una guerra interna).

La lluvia.

Me gusta la lluvia porque, cuando estoy metida en casa puedo ver caer cada gota y que formen dibujos en la ventana. Calentar algo en el fuego y mirar el exterior mientras me enrosco con una manta en el sofá. Enroscarse con una manta en el sofá es crear una madriguera de la nada y decir ¡Ja! Soy arquitecta de rollitos de tela. Eso crea una gran satisfacción. Además, una lluvia crea posibilidades de tormenta y las tormentas me recuerdan a los relatos de terror y no hay nada más increíble que imaginar que estás dentro de un relato y un narrador está creando recursos literarios de tus costumbres más mundanas.

Pero también odio la lluvia, sobre todo estando en la calle cuando tengo prisa, porque aunque lleve paraguas, acabo empapada y muerta de frío el resto del día. Tengo un problema con los paraguas: nunca funcionan bien cuando empieza a llover. Es como si el paraguas hubiese hecho algún pacto con el Señor del Inframundo, en el que el Diablo promete inmortalidad al paraguas hasta que se ponga a llover. Solo en ese momento, el paraguas pierde ese encantamiento maravilloso y su único destino es la basura.

También pasa con el sol.

Amo la luz del sol, el optimismo que irradia, la sensación de que puedo hacer cualquier cosa. Como sale, como saluda, como hace mover todo a su alrededor, como recuerda a los días festivos. Lo considero de esos bienes que pasan de deseables a necesarios y que por ello, tiene ya una cualidad vital.

Pero, a su vez, lo detesto. Su forma engreída de controlar cada parte de la tierra en mayor o menor medida. De cómo penetra demasiado tiempo en mi piel de manera insistente, con unos modales que llega a parecer casi violación; siendo de todo menos vital, porque noto enseguida cómo me quema, quizás por tener la piel demasiado blanca.

El blanco.

Me gusta el blanco porque es optimista, porque me recuerda a las páginas a punto de estrenarse (con ese adictivo olor a nuevo), con tanto espacio para decir, con tanto futuro por delante. Porque siempre habrá algo más blanco que lo anterior si lo comparas y eso hará buscar mil blancos en los objetos más inverosímiles, porque es un color lleno de misterio y es a su vez una unión de muchos de ellos, depende cómo se mire.

No me gusta el blanco porque a veces hace daño a los ojos, porque hay demasiada fragilidad en él y eso me pone nerviosa, porque ya no puedes decir blanco sin que la gente haga un chiste fácil o arrugue la nariz pensando en que hay una relación político-racial con dicho color. Quizás el problema sea el concepto social y no tanto el color. Pero a veces, es difícil separar del todo.

El negro.

Me gusta el negro porque pega con todo, porque es misterioso, porque invita a dormir, porque es elegante, porque el humor con dicho color es divertido, porque recuerda a la noche y las emociones más introspectivas surgen a las 2 de la mañana si supero la barrera del sueño y porque es ausencia de color y las ausencias, son tristes pero también el comienzo de algo por llenar.

No me gusta el negro porque cubrieron grandes y pequeños terrores de niña, porque con el humor negro tengo continuos problemas con mucha gente, por su inevitable contenido social-político y miedo a decirlo en un contexto que cause confusión y malestar (en ese sentido, blanco y negro se parecen demasiado). ¡Ah! Y porque es el color de los funerales, con su tristeza adherida,añadiendo que hay algo en las despedidas que me revuelve por dentro.

Y esto me lleva a un punto no tan general, no tan cómodo en las conversaciones entre personas poco íntimas. Sí. Esto me lleva a aquello que vemos cada día pero no comentamos salvo en ocasiones señaladas con un círculo rojo:

Las despedidas.

Pues sí, damas y caballeros: Me gustan las despedidas, pues implica que empezará algo nuevo después. Las despedidas son los puntos de las frases, muchas veces necesarias para poder coger el aire. Las despedidas nos recuerdan que perdemos, piel, pelo y sangre; nos acercan a la verdad de la impermanencia. Amo la forma efusiva de ciertas despedidas, con la mano, a voz de grito. De como a veces la persona se da la vuelta, esperando que la otra esté mirando. De esas películas horribles que se acaban pronto y dices “lo mejor de la peli es que ha sido corta”. O esas series que cierran absolutamente todo perfectamente y no puedes llegar a creerte tanta perfección narrativa.

No me gustan las despedidas, porque a veces implica pérdida. Y no me refiero a cuando pierdes aquel calcetín, aquel bolígrafo bic o aquella cucharilla de café, de forma misteriosa. He perdido tantas de esas cosas que se ha convertido eso en un simple tránsito. Me refiero a esas pérdidas en las que notas que después de un abrazo, éste se aleja dejando la piel erizada en el mal sentido. Porque hay mucho drama, cero bromas. Porque a veces se desvelan en ellas pequeñas puñaladas verbales, y no hay nada más punzante que la palabra. Bueno, quizás un cuchillo de carnicero bien afilado, qué demonios, no nos pongamos tan poéticos. Porque al igual que un buen final bien hilado, está ese final narrativo sacado de la manga y que no te explica nada al 100%, que no es redondo, sino unas escaleras sin puerta al final, que te deja con sabor amargo en la boca. Y ya no hablo de películas. Hablo de demasiadas cosas en la vida. Cosas…como estas palabras escritas… que ya se han acabado.
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NOTA de Ovejañil: Mi último suspiro, de Buñuel, habla de las cosas que le gustan y que no le gustan. Mi profesor de Teatro y poesía (qué guay suena tener un profe de teatro y poesía ¿verdad? 😀 ) consideró que hacer una lista de preferencias podía ser un buen punto de partida a la hora de elaborar el perfil de un personaje, cuando no sabemos por dónde empezar. Nos pidió que hiciésemos un texto personal sobre el tema, siendo una buena forma memorística de quedarnos con el concepto (y una forma divertida de interacción social).

Estos “me gusta y no me gusta” ya lo había visto en cosillas posteriores a él, como en el cortometraje Foutaises, de Jean Pierre Jeunet; o en un fragmento de la primera generación de la serie Skins, cuando Cassie (el mejor personaje de la serie, indudablemente) hace un vídeo diario. 😛 

Está claro que ésta no es la lista que pensaba hacer en un primer momento, ya que la lista es corta y los primeros conceptos, son algo aburridos ¿blanco y negro? ¿Por qué no la postura hacia los iglús, los clavicordios y la salsa de las gambas? Quizás quería jugar con elementos más universales, buscando complicidad con el lector en lugar de interesarme por aspectos que me diferencien demasiado del resto de la humanidad (porque nos encanta decir lo diferentes que somos con respecto a todo el mundo y que se nos infle el pecho de orgullo en el proceso, pero no es el objetivo XD). Pero creo que el objetivo final era barrer para casa y hablar sobre un tema que llevo reflexionando largo tiempo: el tema de la despedida y la ausencia. 

Es un tema que me he fijado que sale numerosamente en muchos de mis relatos. Es divertido y a la vez da mucho por culo ver que tienes un patrón que se repite. Y, analizando los textos más sentimentales, tiro mucho para el pasado y hacia la añoranza de un ser concreto. Sobre todo cuando es una despedida forzosa. 

Este texto acaba de forma incómoda. No es robusto, no tiene conclusión precisa, es cojo, pero a su vez todo apuntaba a que el final se acercaba… Es perfecto para ilustrar lo que quiero decir. 

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4 comentarios en “Posición

  1. Te entiendo. Incluso estoy de acuerdo en algunos de tus ejemplos casi al 100%. Lo cierto es que es curioso: cómo hay cosas que pueden gustarnos o no dependiendo del punto de vista, el estado de ánimo (sobre todo) o incluso el momento. Hay quien podría decir “oh, lo que pasa es que eres ambigü@, no tienes personalidad”, pero lo cierto es que hay multitud de cosas/actividades/situaciones/ambientes que, lejos de ser inmutables, pueden verse afectadas por infinidad de variables que las convierten en algo deseable, entretenido, pasable, anodino, frustrante o realmente deleznable, así, porque sí. Supongo que la culpa es básicamente de la subjetividad de cada uno, y no creo que sea sólo cuestión de personalidad. Las emociones no son sólo reflejo de las acciones externas: a veces las propias acciones cambian de significado ante una concreta emoción. Qué cosas, ¿no? Pero es lo que tiene vivir: más allá de los conocimientos adquiridos, es un constante aprendizaje de un@ mism@. Quien utilice la excusa de la monotonía será porque no deja que le ocurran muchas cosas, o lo que es lo mismo, no sabe muy bien cómo es eso de vivir :p

    • Aquí tienes algo totalmente determinante y sin dobles visiones o posicionamientos que cambian dependiendo el aspecto del mismo: Me gusta mucho tu comentario. 🙂

      • Te gusta ahora. Habrá un momento en el que no. Y al día siguiente te parecerá pasable. Y luego te resultará indiferente. Y después… xD

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