La carretera 314

I

– Habrá vuelto a quedarse en casa de una amiga. ¿Sabes lo que creo? Que es una forma indirecta más de recordarme que no estuve en ese ¿Qué era? ¿Festival de la Hispanidad? Vale, vale, festival de teatro, tampoco tienes que gritar. Cariño: Sabes que últimamente tenemos mucho trabajo.
Alfredo y Borja, dos de sus compañeros, giraron la vista con curiosidad. Eric hizo lo posible por bajar la voz.
– Ya te llamo al acabar el turno. Ya, ya, ya vale. Mira, no me vuelvas a llamar de nuevo hasta que no te relajes.
Sin esperar más, Eric colgó.
-¿Problemas en el paraíso?- Alfredo, veterano en la profesión, admitía abiertamente que meterse en las miserias ajenas era el mejor pasatiempo para amenizar esas noches eternas.
-Alfredo, déjalo ya – Borja, mucho más joven, sacó el tabaco para liar- ¿Os habéis enterado de Lucas? Qué cabrón: esta semana ha conseguido más clientes que todos nosotros juntos. Eso sí que no es tener vida.
Eric se encogió de hombros:
-No lo entiendo. Se supone que con el cambio de normativa, tendríamos que tener más clientes asegurados que nunca.
-Y más presión que nunca. Si no conseguimos un mínimo de dos clientes por noche, adiós.
-Dos clientes por noche no es nada.
-Sabemos que este trabajo tiene una fecha de caducidad. Lo sabemos desde el primer día que fuimos contratados. Y, en cierto sentido, eso es bueno.
– Sois la generación perdida – intervino Alfredo con sonrisa irónica, a pesar de que sus compañeros respondieron con cierta expresión molesta.
Eric reaccionó al notar el sonido del móvil.
– ¡Cógelo, hombre! – apremió Borja.
– Paso – Eric ignoró el sonido y se fue dirigiendo al coche- Se acabó el descanso para mí. Noche dura, me la huelo.
– Y cuál no lo es – el mechero encendido de Borja iluminó su cara.

II

Eric entró en el coche. El móvil había dejado de sonar. El motor ronroneó, saludándolo.
La silenciosa carretera 314 estaba inundada por farolas que señalaban cada tramo vacío de asfalto. Eric nunca ponía música mientras trabajaba. El silencio era evasión y concentración a la vez.
No obstante, aquella figura casi fantasmal a un lado de la carretera casi pasó desapercibida, al ser tan blanca y pálida como un rastro de luz eléctrica. La señal de su brazo, muy delgado pero firme, confirmaba que era una clienta. Sus deseos son órdenes, mademoiselle.

III

Él miró por el retrovisor. Tras la placa protectora de plástico que separaba los asientos delanteros y traseros, la joven de piel pálida y cabello largo casi blanco miraba ensimismada por la ventanilla, con actitud extremadamente relajada, en quietud casi total. La pausa protocolaria, se dijo Eric. Nada de preguntas hasta la siguiente curva.
Ella rebuscó en su bolsillo.
-¿Cuánto?
-El precio estándar son 100 euros. Descuento por discapacidad, familia numerosa, estudiante…
Ella lo interrumpió, enseñando un billete de 100.
-Soy estudiante, pero te voy a hacer un favor.
Él arqueó las cejas.
-¿Edad?
-Quince – respondió ella – cumplo la edad mínima. ¿no?
-Sí, justito -ella pasó por una abertura el billete y, tras recibirlo, él le dio un papel en una carpeta y un bolígrafo- rellénalo.
-¿Papel? Pensé que tendrían una tablet o algo así. Un servicio un tanto bajo de presupuesto ¿no?
-Una listilla – murmuró entre dientes con fastidio. Presionó un botón y una luz se encendió en la parte trasera, facilitándole la escritura. – Recuerda: El máximo de tiempo es de media hora.
-No creo que me lleve ni 5 minutos.

IV

La rapidez con la que se desenvolvía en la hoja, después de su parsimonia inicial, le sorprendió ligeramente. Observó que uno de los brazos de ella estaba ligeramente magullado. No parecían autolesiones. Estaba claro que, con la oscuridad, se habría adentrado a la zona de zarzas sin darse cuenta. La parada de autobuses más cercana se había cancelado recientemente por ciertas polémicas populares y, si no disponías de carnet de conducir, te esperaban más de 5 kilómetros caminando.
Ella devolvió la ficha. Él leyó con atención.
-“Eva Jiménez Jones”.
-La misma.
-“Motivo de estar aquí: el sentido de la vida”.
-Es válido ¿no?
-No soy yo quién debe decidir eso. Tú decides por ti misma si lo es. “Periodo para llamar a la familia tras el servicio (a través del número 314): una hora”. Vale. Se te ha olvidado rellenar la parte en la que te preguntan por algún tema musical.
-No quiero música.
-¡Ja! Eres de las mías.
-Lo dudo.
Silencio. Eric pasó sus ojos por cada una de las líneas. Se paró en seco. Arrugó la frente.
-“Mensaje a la familia (máximo un folio): Tenía razón”.
-Con la cantidad de clientes que tendrá al año ¿Se preocupa tanto de lo que tenga que decir una cría cualquiera de un martes cualquiera?”
Eric guardó el papel en su guantera a modo de respuesta.

V

-Dígame. ¿Qué se siente trabajar en navidades?
-No estamos en navidades.
-Pero trabaja en navidades.
-Las festividades tipo Navidad, San Valentín, el día del padre… son posiblemente los momentos más difíciles para un gran número de individuos.
-Para algunos más que otros.
-Cómo todo.
-Para usted menos que para otros.
-Depende cómo se mire.

VI

-Ana…
Eric, con acto reflejo, se tocó la nuca, donde tenía un tatuaje con dicho nombre.
-Es mi hija.
-¿Qué edad tiene?
-Tu edad.
-¿La quieres?
-Mucho.
-Guau…
-¿Te sorprende?
-No. Tiene sentido.
-¿Lo tiene?
-La manera en la que te has tocado la nuca. Como intentando protegerte y, a la vez, protegerla. Como si los dos fueseis dos caras de la misma moneda.
-Ya: es bonito.
-Yo no he dicho eso.

VII

Él no dejaba de mirar hacia la carretera:
-El proceso empezará en unos minutos.
-Entendido.
Ambos parecían huir de ese coche, trasladándose por un momento a ese cielo sin estrellas, sin luna, sin nada.
-Durante el proceso, el coche no se detendrá. Bajo ningún concepto. Puesto que no quieres música, los auriculares que tienes detrás, no te servirán de mucho. No puedes enviar ni recibir llamadas, ya que el vehículo está aislado de cobertura y datos, así que espero que las llamadas pertinentes las hicieras antes de subir.  El coche está preparado para recibir golpes y mucho más, así que puedes descargar tu ira si así lo deseas. Pero me duele la cabeza: preferiría que no lo hicieras. Simplemente relájate y listo.
La expresión seria y con un ligero desdén de ella no cambiaba, pero sus labios se movieron mecánicamente:
-Lo he pensado mejor: ya no quiero suicidarme.

VIII

-Te veo lo suficiente espabilada para intuir que sabes cómo funciona esto.
-Ya…
-Y sabrás que la nueva ley me impide dejarte marchar.
-Sí… Pero prometo que, si me dejas salir, no volveré aquí nunca más.
-Contrataste un servicio. Las medidas se han restringido con el objetivo de eliminar a ese grupo de gente que, intentando llamar la atención, ensucian la ciudad con mensajes victimistas. Esos suicidios frustrados llenan hospitales, impidiendo que otros tengan una cama. Con este sistema, el intento de quitarse la vida por tu cuenta y no conseguirlo es una clara evidencia de una simple llamada de atención, ya que existe una forma de llevarlo a cabo de forma garantizada y casi indolora.
-Por no hablar de la multa que recibe la familia si se opta por otro modo de suicidio alternativo, sea victorioso o no. Menudo negocio.
– Más bien, es una lección de altruismo y humildad.
-¿Para quién?
-Para todos.

IX

-¡Déjame marchar! ¡Por favor! – Eva, con los dientes apretados y los ojos cristalinos debido a un llanto emergente, aporreaba el cristal con insistencia.
-Y yo que pensaba que me lo ibas a poner fácil.
-¡Eres un monstruo! – chilló Eva con los ojos muy abiertos por la ira. – Y lo sabes. Eres un jodido psicópata que se escuda en un contrato.
Eric no pensaba responder. Y, a la vez, no podía dejar de mirarla. Tan fuera de sí, tan salvaje. Ella había comenzado a chillar, sin más palabras que un simple sonido agudo, como la alarma anunciante de algo que iba a ser robado. Y… su voz frenó.
Eva, haciendo de nuevo uso de sus habituales brusquedades, recompuso su cara abruptamente. Se peinó el revuelto cabello con los dedos. Susurró:
-Ella también te rogó ¿Me equivoco?
-No metas a mi hija en todo esto.
-No me refiero a tu hija. Me refiero a mi madre.

X

-Samantha Jones. Somos muy parecidas. Heredé sus rasgos nórdicos. Y quiero pensar que también su astucia.
-Tu madre se suicidó. Vaya. Pues lo siento, mira. Pero fue su decisión.
-Decisión que quiso rectificar y no pudo. Igual que ahora.
-Siento romperte la burbuja pero ¿Qué te hace pensar que se echó atrás? Imagino que eso sería lo más fácil de asimilar: que en el último momento pensó en lo mucho que te quería y que un abrazo a su familia sería el antídoto a su enajenación transitoria. Pues permíteme decirte que he visto numerosas madres que no se arrepienten. Madres que dejan a un niño recién nacido en el basurero antes de subirse a este coche. Como esas, cientos.
-No fue su caso.
-Vaya seguridad.
-Su cuerpo estaba lleno de moratones.
-La gente, en ocasiones, descarga mucha ira antes de morir. Gritan por la mierda que ha sido su vida, no por un cambio de parecer. ¡No habrá gente que da un patadón a la puerta mientras pronuncian el nombre de un ex, de un sentimiento o de un chucho que se les ha meado en la alfombra, qué sé yo!
-Ella tenía una marca en la nuca. Como tú. Una herida.
-¿Intentas que empatice con ella?- Eric dirige su mano hacia un botón. La charla está durando demasiado.
-No, no me has entendido. Ella tenía la palabra “Ana” escrita en la nuca con sangre, escrita con insistentes raspones con las uñas. Y fue poco antes de morir. Ella deseaba que te encontrara.

XI

La mano de Eric se paralizó.
-Y tú has seguido las miguitas de pan hasta encontrarme ¿Con qué intención? ¿Vas a intentar matarme o algo así?
-Así que lo confiesas.
-No he confesado nada.
-Pero admites que es muy raro.
-Eso o le pareció tan genial mi buen gusto eligiendo tatuajes que quiso crear tendencia en el velatorio.
-Miserable…
-De acuerdo, de acuerdo, nada de humor negro. En esta profesión es demasiado habitual, como comprenderás.
-Yo solo quería que lo supieras, soy una mensajera, por así decirlo. Pero yo sabía que iba a morir desde el mismo momento en el que el coche paró.
-Vale, mensajera: posiblemente maté a tu madre siguiendo un reglamento que se me ha impuesto. Gracias. Ya tengo material con el que reflexionar antes de irme a la cama.
-Lo que más me hace gracia es que la televisión nos vende una sociedad más optimista que en décadas anteriores. Más emprendedora. Claro: más que ayudar al necesitado, la idea es eliminarlo. Igual que uno borra un contacto de su agenda con solo presionar un botón.
-¿Me estás hablando de esa propaganda panfletaria que han puesto en la TV hace poco? ¿Esa que aparece un castor gigante bailando y sonriendo? Ese anuncio es diabólico. Ya me dirás qué tienen que ver los castores con todo esto. A ver: Siempre ha sido así, ricura. Le pondrán una u otra mascarita, pero el considerar que hay gente que merece morir es un pensamiento más viejo que la rueda. Solo han cambiado las condiciones. ¿Quién te dice que un asesino de su familia no se arrepiente cada noche llorando y que fue una enajenación de una mente trastornada? Pero en el estado de EEUU en el que se encuentra, la pena por ese delito es la silla eléctrica. Y la gente aplaudirá desde sus casas mientras comentan que el bien ha vencido al mal.
-Todo el arrepentido merece otra oportunidad.
-En tu sistema de reglas. Pero ¿Y en el del resto?

XII

-¿Te pongo?
-¿Disculpa?
-Vi cómo me mirabas cuando estaba gritando ¿Te excita todo esto?
-Bueno, lo que faltaba.
-Sé que tu vida no es perfecta, que tienes problemas, que tu familia está un poco… ¿Desestructurada podría ser la palabra? La pregunta es ¿Ver a otras personas en mitad de un ataque supone para ti un reflejo de cómo te sientes?
-Detective, filósofa ¿Y ahora psicoanalista? Oh, vaya, cuánto talento desperdiciado.
-Te pongo, admítelo. No hay nada tan gratificante como sentir el poder de accionar un botón y tener la respiración de alguien en tus manos. Es en lo único que tienes poder. De resto eres un don nadie, pero aquí… Tú y tu miembro, juntos.
-Oh, vamos. Déjalo ya.
-¿Pensabas pajearte mientras moría?
-¿En serio?
-Seguro que disfrutaste corriéndote mientras moría mi madre.
-La charla terminó, señorita, ya no me parece divertida- Eric accionó el botón.

XIII

Una pantalla transparente adicional se iba cerrando, dejando la imposibilidad de una apertura entre ambos.
-Me dejé llevar- admitió Eva.
-Te viniste muy arriba, sí. Pero bueno, no te lo tendré en cuenta.
-Aún no te he dicho por qué estoy aquí.
-¿Cómo que no? Pues anda que te vas por las ramas, hija mía.
-Sí, gracias por comentarlo. Va de eso. De tu hija. De que ha desaparecido.
La pantalla está a punto de cerrarse. Eric paró el dispositivo.
-¿De qué coño estás hablando?

XIV

Eva pegó la boca en la parte de arriba del cristal adicional, para hacerse escuchar.
-Al principio no entendí qué significaba “Ana” en la nuca de mi madre. ¿Por qué ese nombre? ¿Por qué no el mío? Es el mismo número de letras. ¿Ni siquiera pensó en mí antes de morir? Estaba llena de rabia. Entonces me percaté de una chica que se sentaba al fondo de la clase. Ana. Tu Ana. Y no pude evitar odiarla, de forma irracional. Su fragilidad se parecía tanto a mi madre… que me pregunté cómo sería su vida, si esa Ana tendría una vida tan hecha mierda cómo la mía en esos momentos. Y no pude empezar a seguirla.
-Muy maduro por tu parte. -la mirada de Eric se iba endureciendo.
-Ella vive bastante lejos del instituto, pero siempre camina hasta su casa sin usar el transporte público. Una hora y pico caminando. Pero una vez fue diferente. Una vez la buscaste en tu coche. No en éste. En uno que realmente era tuyo. Te diste la vuelta un segundo… y allí estaba: la marca. Ese nombre. El resto fue fácil.
-¡Oh! Claro… – las manos de él apretaban más fuerte el volante.
-Buscar el nombre y apellidos de un padre no es tan complicado. Y con un poco de maña, la profesión, también. Ocultarán qué clientes habéis tenido, pero vuestra profesión está más a la vista. No eres un agente secreto, Eric.
-Todo eso me importa una mierda ¿Qué le has hecho a mi hija?
-Yo no he hecho nada. Solo he sido su “amiga”. Ella estaba destrozada mucho antes de yo conocerla.
-¿Qué coño quieres decir?
-“El sentido de la vida”. No mentí, Eric. Darle sentido a la vida nos hace humanos y determina muchas cosas. Y su sentido pendía de un hilo. Necesitaba solo una cara amable que le aconsejara en su decisión.
-Adiós- Eric volvió a apretar el botón. La poca comunicación que había entre ellos se cerró.

XV

El sonido del gas de la parte trasera del coche era como una suave brisa, el zumbido de un insecto. Eva se recostó en el asiento y cierra los ojos, esperando.
Eric aparcó el coche a un lado. Agarró el móvil y desbloqueó la pantalla. Sus manos temblaban.
Una llamada perdida. Su pulgar, húmedo por el sudor, dificultaba una rápida respuesta.
Número: 314.
Eric giró violentamente la cabeza. Los labios de Eva se relajaron, abriéndose ligeramente. Mientras, un rayo de luz asomaba en el horizonte.

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