Paraguas

-Sabía que no estaba loco- él la cogió por las manos y las atrajo hacia sí, con visible devoción.
-Disculpa ¿Nos conocemos?- ella intentó soltarse, pero la fuerza que él tenía era muy grande, mucho para un enclenque chaval.
-Eres tú.-prosiguió él- La persona que estado esperando durante tanto tiempo.
-Creo que te confundes, amigo.
-No. Sin ninguna duda. Eres tú.

Una mujer de constitución bastante ancha hizo su aparición con tres paraguas cerrados en la mano:
-¡Paraguas, paraguas!
-No queremos nada- le respondió él molesto, y volvió a dirigirse a la misteriosa chica, cambiando bruscamente a la inicial expresión – Sé de sobra que eres tú porque nadie me llenaba hasta ahora. Y, todo formaba parte de una realidad aplastante: nadie me llenaba porque buscaba algo diferente.
-… Y yo soy diferente.
-Exacto.
-Pero si no me conoces. De hecho, ni siquiera vivo aquí. Verás, mi coche ha dejado de funcionar y buscaba un mecánico… o alguien que pudiese echarle un vistazo.
-Ya, pero es el destino.
-¿El destino es que un coche que he comprado hace menos de tres meses me haga esta jugarreta? Pues vaya que se las gasta el destino. Con esa mierda de que es un concepto abstracto, puede hacer lo que le dé la real gana sin que sufra consecuencia física alguna.
-No, no… el destino es conocernos. Las circunstancias que lo hagan posible es lo de menos.
-¿Que mi coche no funcione es lo de menos?
-A ver, no…

-¡Paraguas, paraguas! Tres euros un paraguas.- la mujer oronda volvía a hacer su aparición, esta vez con una gran carretilla llena de su mercancía.
-¡Qué no queremos nada, maldita sea! No rompa este hermoso momento.
-¿Qué hermoso momento? -preguntó la chica y la mujer a la vez.
-El de estar los dos aquí… juntos.
-Ay, no me diga esas cosas. -dijo ruborizándose la señora- Yo es que estoy trabajando, pero si quiere, cuando pase todo este horror y mi turno acabe, podemos tomar un café o algo.
-¡No me refería a usted! Me refería a ella- dijo él señalando a la chica.

-Espera, me he perdido – la chica se dirigió a la señora – ¿De qué horror está hablando?
-De nada que pueda preocuparte, amor mío- intervino él.
-De la lluvia -respondió la mujer – ya sabe.
-¿La lluvia es un horror? A ver, es cierto que moja y todo eso pero…a mí me gusta la lluvia.
-¿Le gusta la lluvia? – la mujer estaba sorprendidísima – bueno, supongo que es usted extremadamente optimista o… una sádica con una cara bonita, no me malinterprete.
-¿Qué? No, no es una cuestión de sadismo- defendió la chica- la lluvia se relaciona con un montón de cosas positivas. Por ejemplo, el contraste del frío exterior con el calor de una casa. O la imagen de una persona bailando en la lluvia.
-¿Lo ve? – se dirigió él a la vendedora- ¿A que es maravillosa? ¿Había escuchado algo así alguna vez?
– No. Y honestamente, me alegro mucho de no ser un pensamiento habitual. Pero en cualquier caso …

La mujer fue interrumpida por la imagen de un grupo de pueblerinos que huían espantados, mientras uno gritaba “¡Va a empezar, va a empezar a llover, maldita sea!”. Esta imagen la puso muy nerviosa. Volvió a girarse a la pareja.
-Miren, me voy a retirar. Pero no puedo quedarme aquí viendo lo que hacen. Por favor, acepten estos paraguas. Me gano la vida con las ventas, pero a mí me educaron para ayudar al prójimo y me da que ustedes necesitan una gran ayuda.
-Pero ¿Qué está pasando? Esta conducta generalizada de pánico me está dando mal rollo- la chica miraba su alrededor, viendo a todos los pueblerinos con visible terror en la mirada, protegiéndose de lo que caería del cielo muy pronto.
-¡Aleja esos paraguas!- el chico hizo un gesto despreciativo- no rompas este momento único con una vulgaridad popular.
La mujer, harta ya, tiró dos paraguas al suelo, cogió la carretilla y se alejó a refugiarse, mientras gritaba:
-¡Haced lo que queráis! ¡Pero que no se diga que no lo he intentado!

-Oye – a la chica le temblaba ligeramente la voz- yo creo que si todo el mundo se está resguardando, será por algo. Deberíamos coger el paraguas al menos…
-No.- él le dio una patada a uno de los paraguas del suelo – no seas como ellos. No desaparezcas en tu singularidad de flor milagrosa.
-¿Singularidad de flor milagrosa? ¿Quién coño habla así? Eres el rarito del pueblo ¿A que sí?
El sonido de un fuerte trueno, hizo estremecer a ambos. Él la cogió de las manos una vez más.
-No tengo miedo. Confío en ti. Confío en que juntos estaremos a salvo.
-Tío, algo me dice que esto no puede salir bien…

Y comenzó a llover. Las gotas cristalinas de agua hacían un suave sonido al caer en el asfalto. Ella le dio la espalda al chico y observó su entorno. Notaba como su pelo se iba mojando poco a poco. Era un frescor agradable, como cualquier otra lluvia otoñal. Echaba de menos la presencia de plantas que agradecieran el fin de una sequía que se había prolongado durante demasiados meses.
-A…yu…da – oyó la chica a sus espaldas.

La chica se volvió hacia el chico y quedó horrorizada. El chico se iba derritiendo, como si fuese un trozo de chocolate expuesto al sol. Cada gota que caía en su piel le deformaba. El chico intentaba abrazarla de alguna manera, Pero sus brazos goteaban y perdían fuerza, convirtiéndose en una masa cada vez más líquida.
-Dame tu singularidad, dame… quizás es que no te estoy amando demasiado. Te…te…te amo. Yo…
Ella se miró sus propias manos. Ella estaba igual que siempre. Solo era lluvia. ¿Qué clase de gente vivía en ese pueblo? Miró hacia una de las ventanas de una casa y vio a una familia que observaba con horror al chico, mientras la madre tapaba los ojos al hijo más pequeño.

Cuando volvió la mirada, el chico había desaparecido. Ahora solo era un charco de líquido del color de su piel. La lluvia seguía impasible. Ella caminó por el desierto pueblo hasta el cartel que informaba de la salida del mismo. Qué importaba el coche. Solo quería irse muy lejos de allí.

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